Anthony Bourdain. Malos tragos (2006)
De Anthony Bourdain disfruté leyendo Confesiones de un chef, volví a hacerlo con Viajes de un chef, y ahora estoy haciéndolo con los artículos de Malos tragos. Por si no queda claro, Bourdain es cocinero y escritor, y su experiencia en lo primero le da un importante material para lo segundo. De su estilo diría que es como una eficaz mezcla de novela negra norteamericana, la brutalidad hedonista de un Rabelais y un “toque” de Bucowski. Bourdain también es un fenómeno mediático y como tal tiene su personaje, que es el de chico duro, con un pasado de sexo, drogas y rock and roll, pero sensible. Una de sus manías son las nuevas corrientes dietéticas. Quizá sea en algunas páginas de Malos tragos donde mejor se despache contra macrobióticos, vegetarianos, veganos, orgánicos, crudívoros y demás grupos que, al igual que los puritanos de antes machacaban con el sexo, ahora machacan con la comida. En realidad, lo que a Bourdain le fastidia es que muchos de ellos no se limiten a cumplir religiosamente sus preceptos, sino que, basándose en “la ciencia” o en diversas corrientes de pensamiento a medio digerir, arremetan contra la antigüedad, la riqueza y la complejidad de la culinaria mundial, como si ésta no fuera más que un inmenso y continuado error, y hasta hoy no existieran criterios, o aun siquiera la mínima percepción de lo que a cada individuo le sienta bien o mal. Le parece, además de una ofensa, un peligro. Y coincido con él. La imagen de Michael Jackson viviendo en una burbuja de plástico es el icono de una época aterrorizada. Por todo. Ahora el diablo anda más suelto que nunca, en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en el suelo que pisamos, en la ropa que vestimos… Y en la comida, especialmente en la comida, cocinada con esfuerzo, creatividad e ingenio por generaciones de hombres durante miles de años, con frecuencia desde la escasez y la falta de recursos.
Los extremismos tienen algo heroico, lo reconozco, pero cuando alguno de esos con expresión angelical intenta venderme el vegetarianismo o la macrobiótica como “forma de vida equilibrada”, tengo la impresión de encontrarme ante un jihadista. Y casi puedo entenderlo... Pero si ese mismo se atreve, en mitad de un festín de cochinillo al horno o de fritura de pescado, a decirme, con sonrisilla condescendiente, que estoy arruinando mi salud, entonces me dan ganas de convertirme yo en el jihadista.
Por eso me gusta Bourdain, a pesar de su pose macarra, porque me recuerda que la comida, como cualquier placer, es una experiencia emocionante, un viaje más allá de lo púramente orgánico. Un viaje que implica riesgos, claro, pero que si no los hubiera, sería como la cocina que nos proponen los nuevos apóstoles: un puñado de mijo hervido.
Texto: Diego
El título del artículo pertenece al poema La carn fa carn, de Salvat-Papasseit.




























