martes 2 de febrero de 2010

"La carne hace carne/el vino hace sangre"


“Y la peña defensora de lo orgánico, con su ferviente recital de riesgos que conllevan los pesticidas, las hormonas, los antibióticos y la manipulación genética, da la impresión de que se mueve por impulsos totalmente ajenos al gusto o el placer. El lobby de la “comida lenta”, en su defensa de las materias primas sostenibles, los productos orgánicos y biológicos, la carne no sometida a ninguna clase de crueldad y el retorno a un país de las maravillas agrarias muy fotogénico pero utópico, parece pasar por alto el hecho de que tales productos son caros, de que gran parte del mundo se va a la cama con hambre y de que la mayoría del personal no puede montarse en el vehículo deportivo de Sting para ir a la tienda macrobiótica y pagar el doble del precio del mercado.”

Anthony Bourdain. Malos tragos (2006)


De Anthony Bourdain disfruté leyendo Confesiones de un chef, volví a hacerlo con Viajes de un chef, y ahora estoy haciéndolo con los artículos de Malos tragos. Por si no queda claro, Bourdain es cocinero y escritor, y su experiencia en lo primero le da un importante material para lo segundo. De su estilo diría que es como una eficaz mezcla de novela negra norteamericana, la brutalidad hedonista de un Rabelais y un “toque” de Bucowski. Bourdain también es un fenómeno mediático y como tal tiene su personaje, que es el de chico duro, con un pasado de sexo, drogas y rock and roll, pero sensible. Una de sus manías son las nuevas corrientes dietéticas. Quizá sea en algunas páginas de Malos tragos donde mejor se despache contra macrobióticos, vegetarianos, veganos, orgánicos, crudívoros y demás grupos que, al igual que los puritanos de antes machacaban con el sexo, ahora machacan con la comida. En realidad, lo que a Bourdain le fastidia es que muchos de ellos no se limiten a cumplir religiosamente sus preceptos, sino que, basándose en “la ciencia” o en diversas corrientes de pensamiento a medio digerir, arremetan contra la antigüedad, la riqueza y la complejidad de la culinaria mundial, como si ésta no fuera más que un inmenso y continuado error, y hasta hoy no existieran criterios, o aun siquiera la mínima percepción de lo que a cada individuo le sienta bien o mal. Le parece, además de una ofensa, un peligro. Y coincido con él. La imagen de Michael Jackson viviendo en una burbuja de plástico es el icono de una época aterrorizada. Por todo. Ahora el diablo anda más suelto que nunca, en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en el suelo que pisamos, en la ropa que vestimos… Y en la comida, especialmente en la comida, cocinada con esfuerzo, creatividad e ingenio por generaciones de hombres durante miles de años, con frecuencia desde la escasez y la falta de recursos.
Lo cierto es que, si no quieres terminar envenenado por tus propias toxinas, has de tener un buen sueldo para poder llevar a tu mesa todos los días un potaje de Azuki, una ensalada de agar-agar o un plato de macarrones de espelta integral con salsa de tomate de cultivo biológico, por ejemplo. Lo que no parece el caso de la mayoría de hogares del mundo, especialmente de ciertas partes del mundo, más preocupadas por su supervivencia que en equilibrar sus ying y yang.
Los extremismos tienen algo heroico, lo reconozco, pero cuando alguno de esos con expresión angelical intenta venderme el vegetarianismo o la macrobiótica como “forma de vida equilibrada”, tengo la impresión de encontrarme ante un jihadista. Y casi puedo entenderlo... Pero si ese mismo se atreve, en mitad de un festín de cochinillo al horno o de fritura de pescado, a decirme, con sonrisilla condescendiente, que estoy arruinando mi salud, entonces me dan ganas de convertirme yo en el jihadista.
Por eso me gusta Bourdain, a pesar de su pose macarra, porque me recuerda que la comida, como cualquier placer, es una experiencia emocionante, un viaje más allá de lo púramente orgánico. Un viaje que implica riesgos, claro, pero que si no los hubiera, sería como la cocina que nos proponen los nuevos apóstoles: un puñado de mijo hervido.


Texto:
Diego

El título del artículo pertenece al poema La carn fa carn, de Salvat-Papasseit.

sábado 23 de enero de 2010

Měsíčku

Canción a la Luna. Aria de la ópera Rusalka (1901), de Antonín Dvořák (1841-1904).


Hay hechos extraordinarios en la vida de uno que, por algún curioso efecto, se olvidan, y se mantienen en ese olvido durante años. En realidad, no se descubre que han sido extraordinarios hasta el momento en que, de improviso, uno recuerda, o se reencuentra con aquello olvidado. Eso mismo me ha sucedido con la música de Dvorak. Su Sinfonía del Nuevo Mundo fue un descubrimiento, el comienzo de mi interés por los clásicos; la culpable, también, de sumar un rasgo más de rareza al adolescente bastante raro que yo era entonces. Porque lo de Dvorak fue verdadera pasión: durante aquella época compré todas las grabaciones de sus obras que pude, entusiasmado cada vez que encontraba su nombre en la carátula de algún cassette de saldo; leí todo lo que se había escrito sobre aquel aprendiz de carnicero que llegó a ser uno de los compositores más grandes de su tiempo, y más aún: hice porque me gustaran incluso aquellas obras que −no quería confesármelo a mí mismo− no me gustaban. Pero aquello se fue enfriando, sobretodo a raíz de mi fracaso con las clases de violín; en realidad yo quería aprender viola, como Dvorak en su juventud, aunque supongo que igual me habría ido… Pero hace unos meses me topé con esta tremenda Canción a la Luna, y el nombre de su autor destelló en mi memoria. En recuerdo del viejo amigo volví a escuchar su Stabat Mater, en uno de aquellos primeros y queridos CDs. Por supuesto, volvía a atrancarse a mitad del Inflammatus et accensus, como el primer día. Y es que ciertas cosas mejor no moverlas, y lo bueno de esta luna es que sea luna nueva, aunque traiga viejas resonancias.


Texto: Diego

viernes 15 de enero de 2010

LA SOMBRA


Las Hurdes (Extremadura, España)

Te crees
que por medir el tiempo
conoces lo que es,
que por tener las cosas
las posees,
que al abrazar un cuerpo
eres dueño de su alma.
Y estás convencido de que las envolturas
guardan en su interior las esencias,
adonde llegas
con algoritmos y teoremas.
Pero no hay voces de verdad,
son solo ecos,
ni palabras,
son murmullos.
Todo no es más que una sombra,
inmensa,
de algo que está detrás.


Imagen y poema de José Del Moral De la Vega

domingo 3 de enero de 2010

La amabilidad

Anna Karina en Vivre sa vie (1962), de Jean-Luc Godard

Viendo esta escena, me acuerdo de algo leído hace tiempo, y es que quizá lo importante no sea tanto la manera en que uno mira, sino cómo se deja uno mirar; no cómo uno acaricia, sino cómo se deja acariciar; no la forma de ofrecerse, sino la de aceptar. Pienso en la palabra amable. Según el diccionario de la RAE: “Del latín Amabilis, digno de ser amado”. Sospecho que la vieja raíz latina esconde un más difícil todavía. Lo confirmo en la web del profesor Mariano Arnal: amabilis también significa “El que se deja querer”. El que se entrega y el que acoge unidos en la misma palabra, en esa mirada. Pienso en la sensación de plenitud que únicamente nos proporcionan algunos sueños, y en la facilidad con que la mayoría de los niños te echan los brazos para que los cojas. El desasimiento, la total falta de resistencia, convertidas en rigidez y estrechura con la madurez, en la vida real. Hay una famosa web privada, Beautiful Agony, que exhibe los rostros de cientos de personas filmadas durante el orgasmo. En la misma línea, pero en versión más “Disney”, se me ocurre cómo sería filmar a otras tantas personas recibiendo sus regalos estas Navidades, la expresión de sus caras. Sería un curioso proyecto. Un instante de libertad, podría titularse…


Texto: Diego

viernes 1 de enero de 2010

LA DEHESA ARBOLADA SE MUERE (La muerte silenciosa de los árboles, “la Silenciosa”) 3*


Fig. 1 Tronco de alcornoque con orificios de Cerambyx welensii (Fig. original de P.E. Rosado)

*Debido a la extensión de este tema, se presenta en sucesivos spots con el mismo título, y numerados de forma correlativa.

Quizá una de las mayores dificultades para evitar o controlar este problema parasitario del arbolado de la dehesa, conocido como la Silenciosa y provocado por el insecto Cerambyx welensii, es que el agricultor no es consciente de la gravedad que afecta a sus árboles, a menos que éstos se hayan caído por viento, nieve o algún otro accidente.
Para determinar el grado de infestación de una dehesa es necesario recorrerla detenidamente e inspeccionar el troco de los árboles. Cuando éstos están parasitados, se pueden observar orificios de 1 cm de diámetro, o incluso algo mayores, y que corresponden a los agujeros de salida del insecto (Fig. 1). Por estas aberturas, cuando existe una gran actividad larvaria, aparece serrín que se amontona en la base del árbol.
Otro de los síntomas que denuncia la presencia del Cerambyx aparece en las operaciones de poda. Al cortar las ramas, si el árbol está parasitado, se pueden ver las galerías del insecto (Fig. 2).
En los muestreos realizados desde finales del siglo pasado, en dehesas arboladas de Extremadura, se ha podido comprobar el ritmo creciente de los síntomas de la Silenciosa, que actualmente se estiman en un 20% de árboles parasitados, existiendo enclaves con la práctica totalidad de su arbolado afectado.


Fig. 2. Sección de una rama podada en la que se aprecian las galerías que el insecto hace en el interior de la madera (Fig. original de J. Del Moral)

Texto de José Del Moral De la Vega

viernes 25 de diciembre de 2009

NAVIDAD, LA FIESTA DEL PUEBLO


Grupo de personas cantando villancicos por las calles en Villanueva de la Reina, Jaén, España)

En las zonas rurales del sur de España, hace cuarenta años, la Navidad se empezaba a preparar por la Inmaculada, y la anunciaban grupos de niños cantando villancicos de puerta en puerta. Por aquellos días se mataba el marrano que la familia había criado con desperdicios de comidas y rebuscos de hierbas y cosechas. De este animal se aprovechaba todo, y con sus piezas nobles o su casquería se preparaban platos exquisitos, formando parte principal de los cocidos de garbanzos de todo el año.
La Nochebuena era una llamada, con tantos decibelios que los miembros de la familia la oían en cualquier parte del mundo, y a ella acudían para congregarse alrededor de los abuelos. La cena de aquella noche era mágica, finalizando con postres caseros fabricados con las almendras del huerto, la manteca del cochino y las hierbas aromáticas del campo.
La alegría del encuentro familiar de la Nochebuena se exaltaba con el vino de la pitarra recién abierta y con las uvas en aguardiente que se servían de postre. Y a la medianoche, toda la familia, desde el abuelo hasta el nieto recién nacido, se iba a la iglesia para celebrar la Misa del gallo, una misa donde la liturgia, con tanta alegría, se convertía en puro folclore.
Ese fenómeno religioso –la conmemoración del nacimiento de Jesús de Nazaret–, celebrado durante dos mil años, con distintos matices según el tiempo y el lugar, ha nutrido la cultura de Europa, que posteriormente se ha extendido a todo el mundo, principalmente a América. De la Navidad nace una gran parte de nuestra música, desde la clásica hasta el flamenco. La literatura se sirve de ella para crear bellísimas obras –Gerardo Diego decía: la Navidad es ya la poesía–. En realidad, todo el arte está lleno de referencias magistrales a esta fiesta, y aunque a partir del Renacimiento se hace profano, en el siglo XX aparecen obras, como La Puerta de la Natividad, de la Sagrada Familia, en Barcelona, reconocida como una obra genial de la arquitectura de todos los tiempos, y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Al margen del sentido religioso que la Navidad tiene para los cristianos, esta celebración está situada en los cimientos de nuestra civilización, y cuando desde el nihilismo se quiso sustituir con un “superhombre” el símbolo que representaba ese niño –el amor entre los hombres como instrumento para regresar al paraíso, de donde la evolución de nuestra corteza cerebral nos ha expulsado–, lo que realmente apareció fue un canalla con gorra, pistola al cinto y una nueva religión (el nazismo). De aquel intento por destruir el símbolo de la Navidad, resultó una catástrofe de la cual la Humanidad todavía no se ha recuperado. Algunos, en su afán anticlerical, están empeñados en eliminar cualquier símbolo religioso, y es evidente su interés por convertir esta fiesta en una diversión, y nada más. De lograrlo, se habrá mutilado seriamente una de las raíces más profundas de nuestra cultura.
La Navidad nace en Europa como fruto del cristianismo, y es una fiesta del pueblo, por ello, en España, las canciones que se cantan en el tiempo que se desarrolla se llaman villancicos –lo cantaban los villanos, y de hecho Felipe II los prohibió dentro de las iglesias–, poemas con la frescura de lo auténtico, entre los cuales encuentro éste del siglo XVII, bellísimo, que se canta en mi pueblo: En el portalico, el niño duerme/ San José vela./ Del seno de la Virgen/ se ha caído un clavel./ Qué orgulloso que está el heno/ porque ha caído sobre él.




Plaza de Villanueva de la Reina (Jaén, España) iluminada con motivo de la Navidad

Imágenes y texto originales de José Del Moral De la Vega (Artículo publicado en el periódico HOY el 22 de diciembre de 2009)

sábado 19 de diciembre de 2009

LOS NIÑOS NOS SALVAN (Cuentecico de Navidad –pero de verdad–)


El siglo XVIII fue terrible para la Humanidad. Las personas morían a miles a consecuencia de la enfermedad conocida como viruela.
El médico Jenner descubrió que las ordeñadoras de vacas tenían sus manos llenas de pústulas de la viruela, pero nunca contraían severamente la enfermedad. Al inocular a un niño aquellas pústulas, ellas se reprodujeron en el chiquillo, y éste, al igual que las ordeñadoras, resultó inmune al mal. –Se había descubierto “la vacunación”, uno de los procedimientos más potentes para la prevención de enfermedades–. Jenner publicó sus experimentos en 1798, y después de poco más de un año, ya se estaba aplicando en España.
Constatado el éxito de la vacuna, el médico del rey Carlos IV, el doctor Balmis, le propuso al monarca que se organizase una expedición por todos los territorios de la Corona (España, América y Filipinas), a fin de preservar a sus habitantes de la viruela mediante una campaña de vacunación masiva. El rey accedió, pero había un problema: para obtener la reproducción de las pústulas infectivas era necesario inocular a un niño, y como a los siete o diez días éste vencía la enfermedad, sus pústulas ya no eran infectivas, por lo que había que infectar a otro. ¿Cómo resolver el problema para llevar la vacuna de España a América, donde la travesía era de bastantes semanas?
El doctor Balmis solucionó el problema contando con 22 niños huérfanos gallegos. Ellos serían infectados, sucesivamente, a lo largo de la travesía, a fin de llegar a América con las pústulas de la viruela infectivas.
En noviembre de 1803, médicos, enfermeros, sirvientes de los niños y la rectora del orfelinato partían del puerto de La Coruña, rumbo a América, para combatir contra aquel jinete del Apocalipsis.
A partir de la Navidad de 1803, cientos de miles de personas, desde San Francisco hasta la Patagonia, fueron preservadas de la enfermedad gracias a aquella aventura de unos locos españoles; y desde América, 25 mexicanitos llevaron la medicina viviente a Filipinas, desde donde otra expedición llegó hasta China.
–¡Otra vez la historia de David contra Goliat! Los más débiles son los que siempre derrotan al monstruo. En 1814, aquella cruzada terminó: el amor, la ilusión y la ciencia habían vencido.
Este es, probablemente, el capítulo más bello de la historia de la medicina.
En estas fechas conmemoramos el nacimiento de un niño, símbolo del amor como instrumento para regresar al Paraíso, de donde la evolución de nuestra corteza cerebral nos expulsó. Y es que, aunque resulte paradójico, los niños son siempre los que nos salvan.


Rutas de la campaña contra la viruela (1803-1814) desde España a América y, desde allí, a Asia.


Composición de josé del moral de la vega

martes 15 de diciembre de 2009

LA DEHESA ARBOLADA SE MUERE (La muerte silenciosa de los árboles, “la Silenciosa”) 2*


Fig. 1 En numerosas comarcas de la Península Ibérica es frecuente que, después de fuertes vientos, se produzca caída de ramas y árboles, fenómeno que preocupa seriamente a los agricultores y causa alarma social.

*Debido a la extensión de este tema, se presenta en sucesivos spots con el mismo título, y numerados de forma correlativa.

Desde finales del siglo pasado, en numerosas comarcas de la Península Ibérica es frecuente que, después de que se produzcan fuertes vientos o nevadas, aparezcan caídos árboles enteros o ramas principales (Fig. 1).
Al observar la madera de los elementos caídos se puede apreciar que el corazón de la madera (duramen), cuya función es servir de esqueleto al árbol, está agujereado como si se tratara de un queso “Gruyere” (Fig. 2), razón por la que, al perder su potencia, cualquier meteoro con una cierta intensidad (viento fuerte o nieve) provoca la caída de los órganos afectados.
El fenómeno es bastante similar a la enfermedad de los humanos conocida como osteoporosis –los huesos están tremendamente agujereados por falta de calcio, y pierden su función de sostén del cuerpo–, enfermedad que no produce síntomas en la persona que la padece, hasta que un día, de manera imprevista y sin causa aparente, esa persona se cae al suelo con la cadera rota. Es por ello que los médicos definen a esa enfermedad como “silenciosa”; y un médico extremeño, propietario de una dehesa afectada por estos síntomas, definió así la alteración que presentaban sus árboles, nombre vernáculo que ha sido aceptado para definir este fenómeno parasitario.


Fig. 2. Al realizar una inspección en los órganos caídos se puede observar que los troncos, aparentemente sanos, tienen su interior agujereado.

Texto e imágenes de José Del Moral De la Vega

jueves 10 de diciembre de 2009

LA DEHESA ARBOLADA SE MUERE. (La muerte silenciosa de los árboles, “La Silenciosa”) 1*


Fig. 1. El Bosque mediterráneo es una formación vegetal natural en donde la cobertura arbórea está constituida, principalmente, por especies del género Quercus spp (encina, alcornoque, roble, quejigo…).
Vista de Bosque mediterráneo en Las Villuercas (Extremadura).


*Debido a la extensión de este tema, se presenta en sucesivos spots con el mismo título, y numerados de forma correlativa.

El Bosque mediterráneo (Fig. 1), formación vegetal natural que se corresponde con el clima Mediterráneo, ha sido transformado por el hombre, desde hace miles de años, en un agrosistema para la obtención de madera, corcho, redileo de especies animales…Ese agrosistema se llama Dehesa arbolada (Fig. 2), y la FAO lo ha declarado “uno de los bienes más preciados de la humanidad”.
La Península Ibérica, con unos 4 millones de hectáreas, es la depositaria de esa joya de la naturaleza, siendo Extremadura, Alentejo, Andalucía y Castilla donde más predomina.
Actualmente, la Dehesa arbolada está gravemente amenazada, existiendo enclaves donde más del 90% de sus árboles están parasitados; pero investigadores del INIA y de la Junta de Extremadura están obteniendo resultados muy prometedores para restituir la salud de los árboles afectados.
Con el interés de dar a conocer este problema vamos a ir presentado, de manera resumida y en spots sucesivos, los estudios y resultados que se están obteniendo.


Fig. 2. Cuando en el Bosque mediterráneo se elimina la cobertura arbustiva, manteniendo la herbácea y la arbórea, se produce un agrosistema llamado Dehesa arbolada -en España-, y Montado -en Portugal-, que ha sido calificado por la FAO como “uno de los bienes más preciados de la humanidad”.
Vista de una Dehesa arbolada (Fig. M. Espejo)


josé del moral de la vega

domingo 22 de noviembre de 2009

El patio en la cultura mediterránea


Rincón de un patio de Villanueva de la Reina (Andalucía, España)


A mi amiga Lola Ortega, directora de PHYTOMA ESPAÑA,
para que conozca el rincón por donde llegan algunas de las ideas
que luego aparecen publicadas en su revista.

Uno de los elementos más originales de la cultura mediterránea es el patio.
En él coincide la familia para solazarse o para realizar pequeñas faenas domésticas. Esta estancia es un lugar de aislamiento o de encuentro. En él se halla el pozo, si hay agua en el subsuelo, y en él está el aljibe, para recoger la lluvia. En el patio los niños aprenden a andar y corretear durante sus primeros años. Las plantas, en macetas, adornan sus paredes y perfuman la casa. Sombreado por parrales, en el verano es el lugar ideal para esconderse del sol. Y en las noches sin luna, con buen tiempo, tumbado boca arriba, se puede disfrutar del espectáculo que ofrece el cielo estrellado.
En unos estudios realizados sobre más de treinta mil páginas de legajos de Villanueva de la Reina (Andalucía, España), en el siglo XVIII, pude comprobar que sus casas, según el número de habitaciones, la superficie, la forma constructiva… se podían agrupar en cinco categorías, pero todas, hasta las más pobres, poseían un patio. Probablemente, la gente de aquel tiempo pensaba que tener una casa sin patio era como no tener casa.
Las ruinas romanas nos hablan de su importancia y su belleza, y en Andalucía existe una historia, preciosa, sobre el deseo de un rey poeta en la Edad Media.
–Alarife, quiero que me construyas un nuevo palacio.
–¿Y cómo quieres que lo haga, señor?
–Haz un gran patio, y si te sobra espacio, construye algunas habitaciones.
Es muy probable que esta estancia sea uno de los símbolos más potente del claustro materno, que perdemos al nacer, y del jardín del Edén, del que fuimos expulsados. El patio es el paso del artificio (construcción) a la naturaleza, el nexo entre lo abierto y lo cubierto…
Don Antonio Machado decía: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla/y un huerto claro donde madura el limonero/…
Y es que los patios andaluces son como un inmenso escenario –auténtico–, donde se escenifica la vida –de verdad–.
El patio de mi casa es particular…” es la letra de una canción que cantaban los niños españoles hace mucho tiempo. Porque en España, cada uno tenía su patio, y el que no, no tenía nada.
«¡Ay, el patio de mi casa!»

Imagen y texto de José Del Moral de la Vega

viernes 13 de noviembre de 2009

Terapéutica contra una enfermedad del trigo



Semillas de trigo afectadas por el Carbón; sobre las mismas, una espiguilla desprendida de una espiga mostrando el falso grano que contiene.


La historia de nuestra civilización y la del trigo van de la mano, sin que sepamos muy bien cuál de los dos, hombres o plantas, tomaron la iniciativa de caminar juntos. Pero acompañando al trigo vienen también unos hongos entre los cuales se encuentran diversas especies del género Tilletia, microorganismos que provocan enfermedades en los trigales, y a las que los labradores dan el nombre de “Carbones o Tizones”, debido al color negro que adquieren los granos, rellenos de esporas del patógeno.
Las esporas de estos hongos se encuentran en el suelo o adheridas a la cubierta de las semillas. Cuando éstas se siembran, el hongo germina e infecta los tejidos de la planta. Durante el desarrollo del cultivo la planta no muestra síntoma alguno de la enfermedad, pero cuando aparecen las espigas podemos comprobar, en las espiguillas, que los granos de trigo no son tales, sino que, realmente, son bolsas negras repletas de esporas del hongo. Y si aplastamos un grano entre los dedos nos mancharemos de un polvo negro, constituido por las esporas del microorganismo, y con olor a pescado podrido debido a la trimetilamina que contiene.
La forma de evitar la aparición de esta enfermedad es fácil, eficaz y barata. Consiste en impregnar las semillas que se vayan a sembrar con un fungicida específico. Los formulados a base de carboxina, tiram o mancoceb han demostrado ser muy eficaces, evitando la aparición de la enfermedad prácticamente al 100%.

Esporas del hongo Tilletia foetida, causante del Carbón del trigo, vistas al microscopio.

(Para más información consultar el libro La Sanidad de los Vegetales Cultivados)

Figs. y texto de José Del Moral De la Vega

lunes 26 de octubre de 2009

El amor trasciende las ideologías


En el camino del hombre, a lo largo del tiempo, aparecen instrumentos que, en un momento, son útiles, y en otros despreciables; pero hay asideros absolutamente imprescindibles, y uno de ellos es el amor. Sustituirlo por cualquier artefacto conduce, inexorablemente, al abismo.

A mi amigo Arturo, que motivó esta reflexión.

Hace algún tiempo, todos pudimos ver una grandiosa película (Mar adentro) de un gran director (Amenábar). A esa película le dieron un Oscar. Dentro de ella, escondido, había un mensaje envuelto con la palabra mágica de ”progresista”: la eutanasia es el mejor y más “amoroso” procedimiento para que los tetrapléjicos y otros enfermos terminales dejen de sufrir.
Pero la concepción “progresista” o “regresiva” de las actitudes del hombre suele cambiar con el paso del tiempo, y lo que en un momento parece innovador, en otro es retrógrado.

La historia que aparece en este video es verídica
http://www.godtube.com/view_video.php?viewkey=8cf08faca5dd9ea45513
y ella cuestiona, radicalmente, la concepción “progresista” de la eutanasia, dejándola reducida a un procedimiento de interés social.
Ese video no tiene interés comercial, ni es el tema de ninguna novela ni, por supuesto, recibió ningún Oscar, ni se publicitó en millones de salas de cine, ni se escribió sobre él en las páginas de los mejores periódicos y revistas del mundo.

La historia que precede y justifica el video es la siguiente:
El hijo le preguntó a su padre:«¿Papá, formarías parte en el maratón conmigo?»
El padre respondió, si.
Fueron al maratón y lo completaron juntos.
Padre e hijo fueron juntos a otros maratones, el padre siempre decía 'si' a las solicitudes de su hijo de ir juntos en las carreras.
Un día, el hijo le preguntó a su padre: «¿Papá, vamos a participar juntos en el 'Ironman'?»
El padre también le dijo si.
El triatlón Ironman abarca 2,4 millas (3,86 kilómetros) nadando en los océanos, seguida por una 112 millas (180,2 kilómetros) paseo en bicicleta, y terminando con un 26,2 millas (42,195 kilómetros) maratón a lo largo de la costa de Big Island.

Imagen y reflexión de José Del Moral De la Vega



domingo 18 de octubre de 2009

Why don´t you do right?




El otoño avanza, y de los estantes de la biblioteca empiezan a bajar los viejos amigos: Chandler, Dashiell Hammett, W. R. Burnett, William Iris, John F. Bardin… Incluso Conan Doyle y Chesterton, que suelen visitarme en verano, aparecen ahora por mi cuarto. Junto con la novela, el cine negro se presenta como un plan muy sugerente para estas noches que empiezan demasiado pronto. El halcón maltés, Laura, El sueño eterno, La mujer del cuadro, Perdición, La senda tenebrosa … El claroscuro, las luces indirectas, el paisaje nocturno, lleno de anuncios luminosos, de las grandes ciudades norteamericanas de los años treinta y cuarenta… El otoño vuelve, y vuelven el crimen y el misterio como un cálido lenitivo para la melancolía. Por eso esta noche he rechazado una invitación a salir, no estoy con ánimos de soportar una compañía demasiado alegre; y he ido a refugiarme en uno de mis garitos preferidos, a tomarme una copa mientras me derrito contemplando sobre el escenario a la sublime Peggy Lee. No sé si hago bien, pero esta noche desde luego, no voy a hacerlo mejor.


Texto: Diego

domingo 4 de octubre de 2009

EL FALO QUE ADORNABA EL CUELLO DE LA EMPERATRIZ


Gazpacho al poleo con su huevo escalfado. Imagen de Teresa Benítez

Hay un relato en las memorias inéditas del señor de Miramontes (don Alvaro de Azuaga), que figura como un hecho milagroso atribuido a la Virgen de Guadalupe.
Doña Bárbara de Zúñiga, esposa del de Miramontes, sufría de un mal sin tratamiento alguno. De su noveno parto le quedó un flato engolfado en el bajo vientre que la obligaba a marchar muy estirada, como con altivez, y cuando se sentaba o levantaba, le salían unas ventosidades incontenibles, agudas y muy armoniosas, casi aflautadas. Ruidos que provocaban en los presentes, al principio, asombro y, después, una risa incontenible.
Este mal hizo que doña Bárbara estuviera cada vez más aislada, incluso de su propia ayuda de cámara.
Está minuciosamente descrito en estas memorias el viaje que el señor de Miramontes y su esposa flautista –a su pesar- hicieron a Guadalupe, por cuya Virgen sentían gran devoción, y a donde se dirigieron para rogar por la curación de tan indiscreto mal.
Permanecieron en aquel lugar más de un mes, siguiendo las estrictas devociones marcadas por un monje oidor del caso, y durante ese tiempo se alojaron en casa de Mariana, posadera que algunos decían era hija del fraile boticario del monasterio; una moza de buena presencia, discreta en el trato, bien informada en brebajes y, por demás, excelente cocinera, por lo cual supo ganarse la confianza y el afecto de los de Miramontes.
Mucho tuvieron que cambiar los hábitos aquellos señores en el tiempo que permanecieron por tierras de las Villuercas, y lo que más trabajo les costó fue habituarse a unas comidas en las que faltaban asados y sobraban sopas de yerbajos, como el poleo, planta abundante por la ribera del Ruecas y con las que la posadera preparaba unos caldos a los que doña Bárbara se acabó acostumbrando.
Estaban concluyendo los señores el primer novenario a la Virgen, cuando a doña Bárbara se le disolvió aquel flato musiquero, y don Álvaro, agradecido, encargó a un platero de Córdoba un exvoto a proporción del milagro, y cuya forma habría de servir para mostrar a los peregrinos el prodigio.
Un mes empleó el artista cordobés en fabricar el exvoto, un globico redondo con una flauta en su boca, todo realizado en oro de muchos quilates y pedrería fina. Fue depositado el exvoto en una hornacina en la pared cerca del baptisterio de Guadalupe; aunque de él sólo queda memoria, porque en la guerra con el francés fue robado por un gabacho, y hay quien dice haberlo visto colgado del cuello de la emperatriz Josefina en un retrato que le hizo Prud´hon, probablemente porque la emperatriz pensó que se trataba de un símbolo fálico.
Hoy sabemos que el poleo contiene, además de pulegona, otras sustancias, tales como piperitenona, mentona, limoneno…, cuya capacidad para eliminar flatulencias está demostrada, y es más que probable que fueran las sopas extremeñas de poleo las que curaran a doña Bárbara, y no la Virgen, como creyeron los señores de Miramontes.
Pero la ciencia es, como decía el maestro Popper, falsable y laberíntica. Y tenemos noticias de que anda ahora por aquí un equipo de investigadores de la universidad de Berkeley, empeñados en averiguar mediante física cuántica la relación que Jung comenzó a estudiar: correspondencia entre los estados de adivinación y la mística. –¿Adquirirían los frailes sus conocimientos rezando a la Virgen?–
A lo mejor, dentro de poco, los físicos nos sorprenden diciéndonos que la mejor manera de prevenir las enfermedades es ir en peregrinación a Guadalupe y rezar, tal y como hace ahora cuatrocientos años hicieron los señores de Miramontes. Mientras tanto, lo más recomendable parece ser disfrutar con las buenas sopas extremeñas, como las de poleo.

(Del libro "COMERPORPLACER" (Ed. Diputación de Badajoz) del que José Del Moral De la Vega es autor de los textos)

jueves 24 de septiembre de 2009

LA MIRADA DE UN NIÑO


Imagen de Gil Azouri


Llegó la luz
y era hermosa.
Llegó la lluvia
y vivificaba.
Llegó la palabra
y era sabia.
Llegó la música
y emocionaba.

Llegó la mirada de un niño
y descubrí cómo mira Dios

josé del moral de la vega

jueves 17 de septiembre de 2009

Solo los poetas conocen las emociones de las plantas


Aunque no podamos saber si es de tristeza o de alegría, lo que no podemos negar es que las encinas, en las mañanas del otoño, tienen lágrimas.

Para Angélica Beatriz,
que siempre está hablando de emociones
y sentimientos



Los álamos de plata se inclinan sobre el agua:
ellos todo lo saben, pero nunca hablarán…/
…/ ¡Hay que ser como el árbol que siempre está rezando,
como el agua del cauce fija en la eternidad!.../
Federico García Lorca


En la última parte del pasado siglo se descubrió que las plantas tenían un sistema hormonal de origen genético y funcionamiento similar al de un animal; distinto, pero complicado y perfecto. Lo que aún no sabemos es si las plantas sienten emociones. No hay ninguna base científica que nos permita sospechar de su existencia; pero, a veces, es tanto y tan bello lo que manifiestan, que sólo desde la emoción que pudieran sentir se puede explicar.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega

domingo 13 de septiembre de 2009

AUGUSTO DONAIRE




¡Qué hueca cosa es una señora!
Si yo mandara
las llenaba de gas y las lanzaba…

Javier de Winthuysen. El parque (1920)


Algunas veces coincidíamos en el jardín de la Casa Rosa. Él se dedicaba a hacer cuadritos de flores, que luego exponía en los escaparates de los almacenes Peyré. Todo le había ido más o menos bien, hasta que conoció a la señorita L. Esta señorita, que todavía conservaba una gran belleza, había tenido fama de aventurera en su juventud, pero ahora vivía dedicada únicamente a sus gatos y a su tertulia artístico-literaria de los miércoles. En estas reuniones, quizá las dos mejores personas eran el poeta Rafael Porlán y el dibujante Laffita; los demás, la mayoría iban allí a merendar y a criticar a los ausentes. Allí fue donde oí por primera vez cantar al malogrado Corujo de Almansilla, y asistí a la famosa disputa entre Isaac del Vando Villar y el pintor Eugenio Hermoso, que en realidad se encontraba allí por casualidad. Augusto era el más jóven de todos nosotros, y para la señorita algo así como un hijito atolondrado, al que debía querer más que a los demás. El problema fue que éste no se limitó, como los otros, a tomar lo que le daban, sino que se enamoró. Tardó bastante en descubrir que, fuera de los productos del arte, los gustos de la dama eran más bien vulgares, incluso muy vulgares. Tuvo que ser un furriel del cuartel de la Carne, poeta aficionado que por entonces se juntaba con nosotros, quien lo despabilara. Quizá el furriel-poeta se pasara de grosero, pero lo cierto es que acabaron a puñetazos, llevándose Augusto, que era el más enclenque, la peor parte. Éste anduvo mohíno una temporada, pero no dejó de acudir a merendar cada miércoles. Una mañana lo encontré muy alterado. Me contó que la señorita le había hecho un encargo especial, un paisaje, para colgarlo en su salita turquesa, un paisaje sereno y apacible donde reposar su espíritu por las tardes, recostada en su diván damasquino. Augusto, viendo una luz de esperanza, se puso entusiasmado a la tarea. Pero el resultado no fue del agrado de la señorita. Por entonces Augusto trataba de seguir a Matisse, sólo que a un Matisse muy suyo. Lo intentó de nuevo, poniendo en ello todo su discreto talento, pero sin éxito. Esta vez, la piadosa condescendencia que vió pintarse en el rostro de su amada lo puso furioso. Anduvo desaparecido una semana. El día que al fin empujó la puerta del café Barrera, estaba sucio y demacrado como si hubiera pasado todo ese tiempo a la intemperie. Bajo el brazo traía un pequeño lienzo. “Tengo la impresión de haber pintado mi obra maestra”, nos dijo con ojos alucinados. La verdad es que aquel paisajito, con sus árboles, su río, su sol arrebolado, tenía cierto encanto. A la señorita le entusiasmó, colocándolo inmediatamente en la salita turquesa, frente al diván damasquino. Se pasaba horas allí tumbada, contemplando el cuadro. “Eleva el alma”, decía suspirando a las visitas.

Pobre Augusto, cómo iba a imaginarlo. A nadie más que a un loco se le ocurriría pensar que aquel cuadro tendría algo que ver con la extraña y sonada desaparición de la señorita, que tuvo en vilo a la policía durante meses, sin llegar a esclarecerse, y que, ahora estoy seguro, nunca lo hará. Y sin embargo, yo no creo estar loco. Fue hace unos días, visitando el Palacio de Lebrija en busca de recuerdos de aquellos buenos días de doña Mergelina. Allí, en el ahora llamado “Salón de los bargueños”, volví a encontrarme con el cuadro de Augusto. Sabe Dios cómo llegaría a las manos de esa venerable dama. Y sin embargo los colores todavía seguían frescos, tan vivos como cuando fue pintado, hace ya casi noventa años. Pero había algo más, algo que me llamó la atención, algo en lo que nunca antes había reparado y que me llenó de horror. Allí, en el ángulo superior derecho, una pequeña mancha blanca enredada entre las ramas de los árboles más altos, como esos globos de helio que dejan escapar los niños…



Diego. Amigos de aquella vida (1808-2008)
Imagen: Leon Jeschke, Retrato de Augusto Donaire, 1921


Eric Satie-Gnossienne, nº6

jueves 3 de septiembre de 2009

Los fitosanitarios, un instrumento útil de la agricultura



Los fitosanitarios son tan necesarios en la agricultura, como los medicamentos en la medicina humana o veterinaria. (Para más información consultar el libro La Sanidad de los Vegetales Cultivados)

La agricultura productivista, también llamada Revolución Verde, consiguió acabar con el hambre de zonas superpobladas del planeta como India, Pakistán…a finales del pasado siglo; pero como inconvenientes produjo la contaminación del medio ambiente. La contestación de determinados grupos sociales de opinión a esa contaminación ha provocado, en Europa, una legislación extraordinariamente restrictiva al uso de fertilizantes y fitosanitarios (plaguicidas o pesticidas). José Del Moral ha publicado un artículo en la revista PHYTOMA ESPAÑA donde reflexiona sobre este tema, y advierte de los riesgos de una agricultura diseñada desde el oportunismo político, en lugar de por principios científicos y sociales.

Para bajar el artículo completo, pinchar en Los fitosanitarios. Aparecerá el cuadro de MediaFire; a la izquierda de la pantalla hay un recuadro grande (Click here to start dowload). Pincha ahí, y se abrirá el texto publicado en la revista.

Fig. y texto de José Del Moral De la Vega

domingo 30 de agosto de 2009

En torno a una pregunta (y III)



Si a unos padres se les pidiese que, una vez terminada la crianza, para que su hijo fuese auténticamente libre aprendiendo por sí mismo, lo soltasen en plena naturaleza y que solo lo viesen de vez en cuando, -si no padecen de ninguna psicopatología reconocida- les resultaría una auténtica locura. Sin embargo, si los hijos pasan en los centros educativos, formativos y de ocio todo el día, para que sean más autónomos dentro del entorno social, juntándose en familia para cenar y acostarse, se asume porque están controlados. ¿Y quién mantiene los por qué de esos niños? ¿Quién los coordina en el momento en que hay que hacerlo? Solo hay dos salidas, o se van agotando o se van concluyendo en falso, y en el peor de los casos sus padres fueron unos ejes de referencia que formaban solo una de las partes de un grupo amplio y heterogéneo, por lo que el que socialmente queden desautorizados al hijo no le resulta extraño ni doloroso, porque simplemente no le sirvieron. Y si los ejes de referencia fueron esos, ¿Cómo establece ese niño sus amistades? ¿No serán solo reflejo de sí mismo? ¿Puede tu reflejo responderte, acompañarte en tus preguntas o te devolverá tus respuestas sobadas? Y si así conformó sus amistades ¿Cómo manejará sus enamoramientos? ¿No serán tal vez preguntas demasiados largas para alguien que está acostumbrado a recibir respuestas acortadas e incluso las suyas mismas de vuelta? Sus enamoramientos dependerán de lo que se mantenga el misterio desde fuera, él no va a mantener sus preguntas porque nunca las ha tenido tan vertiginosas, y poco tiene de sí mismo para arriesgarse a perderlo; el dolor de una frustración no es asumible… (Me sorprende la cantidad de diagnósticos a niños y a adolescentes de: “baja tolerancia a la frustración”…O tal vez ya no). Cada vez los pasos son más alejados de sí mismo, no puede proyectarse, y sorprendentemente más centrado en sí mismo, porque su única referencia es ese individuo chato en el que ha quedado la formación de su persona, toda su selección de acompañantes de vida han sido espejos para él.

La biología ha aportado a varias áreas de conocimiento, entre ellas la psicología, la teoría de sistemas, en la que defiende que toda la realidad se establece en ciclos interrelacionados, y que un pequeño giro en otro sentido, la generación de otro nuevo o la recolocación de uno ya existente, provoca un cambio en la totalidad de la realidad. Si queremos cambiar algo, cuanto más nos aproximemos al ciclo o ciclos que los mueven, más cerca estaremos de cambiar la realidad, y en una persona el primer ciclo en el que se mueve es la familia, desde donde es generada al mundo, y en los primeros años de formación, los centros educativos. Es en estos dos ciclos, los que en teoría están más a nuestro alcance, donde nos jugamos la formación de las personas, y son desde luego, los que más se están redefiniendo sin detenerse en los últimos años por leyes de Estado. ¿Se puede construir a una persona cuando sus referencias están en continua redefinición, en continuo movimiento? Si las referencias son inconstantes la persona ¿No será también inconstante? Y si llega al momento de generar nuevas personas ¿No le infringirá más movimiento inasumible a estos ciclos?

Desde los años sesenta no hemos dejado de hablar de solidaridad, tolerancia y paz, y todo dentro del mismo discurso de necesitar “nuevos valores para nuevos tiempos”…Y si en la formación de la persona hubiésemos cuidado la confianza, la confidencia, la fidelidad, la coherencia y el perdón… ¿Tendríamos que revindicar la tolerancia, la solidaridad, la paz…?

Podemos construir cerrando preguntas o generándolas, podemos generar individuos o personas. Podemos asumir un modelo social, o podemos obligarlo a ser lo que nosotros decidamos que sea; pero las decisiones que dejemos de tomar, las tomarán otros por nosotros.
Texto: Jerónimo Del Moral Martínez. Fotografía: Marta Copé Gómez-Aguado

viernes 28 de agosto de 2009

¿SERÍA LA PSICOLOGÍA EL ARMA SECRETA DE CARTIER-BRESSON?


Fotografía sobre un acto social en Villanueva de la Reina (1940), en la cual se aprecia una perfecta simetría de las figuras que aparecen en ella. Del libro Protagonistas de un mundo rural.

A mi profesor don Fernando Cueto, que
me descubrió el interés de mirar por detrás

y por dentro de los retratos de la historia.

Amigo Pepe Aranda, aquí tienes otra joya recuperada de una caja de zapatos en Villanueva de la Reina.
Es la feria de septiembre de 1940, y los protagonistas de la fotografía son un grupo de guardias civiles, una señorita y un político que parecen estar participando en un acto oficial. También hay unos niños, ajenos a la escena; y unas señoras, como de otro mundo, contemplan alucinadas el cortejo.
Estoy convencido que de esta obra de arte se podría hacer un libro. Si se analiza la simetría, se concluye que Leonardo no habría distribuido mejor las imágenes: en el centro está el político; a su derecha, la fuerza y la belleza; a su izquierda, los espectadores. El relieve está exaltado con cuatro planos sucesivos, destacando extraordinariamente el primero, donde la figura del político tiene tanta vida que parece como si de un momento a otro fuera a extender su mano para saludarnos.
¡Fíjate, querido amigo!: la exaltación de la figura del político es tan perfecta que ni los tricornios de los guardias, ni la mantilla de la bella, consiguen disminuir la atención que suscita su cabeza.
Si Barthes analizara esta foto, seguro que haría énfasis en la semiología, y nos descubriría los símbolos que emanan de las manos: el militar lleva un bastón (el símbolo del mando), la bella se agarra al misal (la religión), mientras que el político aparece con las manos libres –¿será que todo él es un símbolo, el del poder?–. De cualquier forma, lo que a mí me fascina es lo que traducen las pisadas de los personajes: seguridad (militares), coquetería (señorita), empaque y soltura (político); valores que contrastan con la poquedad de los pies “alpargatados” de las señoras espectadoras. –¿Tendrá que ver el alma de las personas con los zapatos que usan?–
Esta fotografía parece una lección magistral de psicología y sociología, aunque a mí, sobre otra cosa, me parece bellísima.
Querido amigo, ¿tú crees que esta obra podría ser atribuida a aquel fotógrafo que, pañuelo al cuello y cámara en ristre, andaba por Villanueva a mediados del siglo pasado, y que muchos aseguran se trataba de Cartier-Bresson?. Espero tu análisis que, como siempre, será perfecto.


Parte baja recortada de la foto anterior con el fin de destacar los pies
de las personas que aparecen en la misma.

Texto de José Del Moral De la Vega

domingo 23 de agosto de 2009

Permiso para vivir


“(…) Por ahí va la cosa, y si acaso insisto en un pensamiento, una idea, una actitud que realmente me pertenecen, la gente huye despavorida, como de un ser extraño y peligroso cuyos gestos mismos lo han conducido a la idiotez, la locura o la inanidad. Y así, a menudo, para tener amigos y ser querido, no me queda más remedio que representar un papel (¿tendrá esto algo que ver con el “me pongo la corbata y vivo”, de Vallejo?). Un papel que, además, me resulta muy triste, porque todos sabemos que el placer de la verdadera amistad, como el del amor verdadero, consiste en mostrarse tal como uno es. Pero en mi caso, muy a menudo, todo sale patas arriba. No bien un amigo o una mujer me conocen como realmente soy, los pierdo. “Alfredo, al rincón.” François George ha escrito con triste belleza sobre estas cosas terribles. Y así resulta que no hay nada tan doloroso como un ser que se distancia de nosotros, precísamente porque acaba de conocernos. No sé, pero en mi caso es como si al cabo de un proceso realmente endemoniado, terminase hundido siempre en unas profundidades sin nombre, en aquellos rincones de los que he venido hablando, y en los que nadie soporta hacerme una visita prolongada.”

Alfredo Bryce Echenique
Permiso para vivir (Antimemorias)


Bryce Echenique es de esos amigos a los que uno acude en esas ocasiones en que, por una cosa o por otra, anda uno desorientado; y es que la idea que, de manera provisional y precaria, se había hecho uno de sí mismo, se ha enredado peligrosamente con la que tienen los demás de uno; con la que uno cree que tienen los demás de uno; con la que uno desearía que tuvieran los demás de uno; con la que uno aspira a tener de uno… y así; con la consecuente desesperación y el bloqueo que esto ocasiona, claro –o más exactamente: obscuro−. Y todo porque a la necesidad de ser uno mismo le ganan las ganas de que le quieran a uno, y esto no puede ser siempre, y casi es mejor muchas veces que no lo sea, porque luego pasa lo que en la mayoría de las novelas de Bryce Echenique, aunque él lo cuenta de manera que te partes de risa, pero en realidad es para llorar, y es precísamente esta tristeza, remontada con tantísimo humor, lo que hace de Alfredo Bryce uno de mis mejores compañeros de camino.


Texto: Diego