sábado, 2 de agosto de 2008

La Araña Roja


Es invierno y las Arañas Rojas de las plantaciones de frutales se ocultan entre los pliegues de las nectarinas, todavía sin hojas. Las plantaciones –yo creo que se debería decir: “los bosques de frutales”– forman como una misteriosa red que surgiera de la tierra y se nos muestran, al igual que el “DNA” hace con las proteínas, como el soporte de lo que luego, en primavera, será una explosión de masa vegetal que dará vida, a su vez, a toda una selva de animales. Yo voy descubriendo con mi cuentahílos los huevecillos de las arañas con la misma ilusión que, cuando niño, mi madre me mandaba a buscar, entre los vericuetos del corral, los huevos que deberían haber puesto las gallinas.
Ahora, mi interés es conocer el estado fenológico en el que se encuentra el Panonychus para prevenir su conversión en plaga; y aquí, entre las filas interminables de árboles, bajo este cielo extremeño tan luminoso, sintiendo un vientecillo fresco y limpio, y viendo estos huevos casi microscópicos, rojos, brillantes y con una especie de rabo largo; en este ambiente, y sin saber muy bien por qué, me siento feliz.
Uno de los libros más bellos que yo he leído en mi vida es el de Wenceslao Fernández Flores: El bosque animado. Entre muchas de sus excelencias está la de mostrarnos que el descubrimiento de la belleza en las cosas aparentemente vulgares surge cuando se aprende a mirar. En uno de sus capítulos, los árboles del bosque hablan sobre la elegancia de una especie desconocida que han plantado entre ellos, y que realmente se trata de un poste de teléfonos. ¿Podemos ver alguna belleza en los postes de teléfonos? Es muy probable que cualquiera que haya leído ese libro sea tildado de cursi cuando diga entre sus amigos que ha descubierto que los postes del teléfono son muy bellos, pero es muy frecuente que después de haber transitado miles de veces frente a un paisaje sin sentir el más mínimo interés, un buen día alguien nos lo descubre, y a partir de ese momento, la contemplación de lo que antes nos era indiferente ahora nos emociona. («Para sentir la belleza de las cosas hay que saber mirarlas», es lo que propone Wenceslao Fernández Flores en su libro).
A comienzos de los años setenta, yo trataba de poner a punto un método para estudiar la evolución de las peritecas del hongo Venturia pirina, y ello me obligaba a pasar largas horas observando preparaciones en el microscopio; en la misma bancada del laboratorio, cerca de mí, Antonio Arias (uno de los padres de la Sanidad Vegetal española) hacía lo mismo con respecto a Panonychus ulmi, y para ello manipulaba unas cajas de Petri con los bordes untados de vaselina y trocitos de madera en su interior. Mientras trabajábamos, él me ilustraba sobre la biología de los ácaros, pero exceptuando lo relativo a la arrenotoquia o telotoquia, palabras que me parecían muy bellas por su sonoridad, todo aquello me era indiferente, hasta que un día, al llegar al laboratorio, me sorprendió ver que el borde de aquellas cajas de Petri, que la tarde anterior era de color lechoso, se había vuelto rojizo.
Tomé una de aquellas cajas, me la llevé al estéreo y comprobé que aquel color correspondía realmente a una masa de arañitas que habían nacido de los huevos escondidos entre los pliegues de la madera y, al intentar escapar de la caja, habían quedado atrapadas en la vaselina. Bajo el microscopio yo podía contemplar la maravillosa morfología de aquellos seres, los quelíceros, las quetas…., la perfecta simetría de sus cuerpos, su brillo… Aquello era un espectáculo extraordinario, y lo que hasta entonces había sido una rutina (“ver” a Antonio manipular a sus arañas y oír sus lecciones), se convirtió en una emoción estética: había aprendido que detrás de cualquier cosa hay, al menos, otra realidad, y que para descubrirla es necesario que, además de verla, la miremos.
Ahora, cuando voy al campo por el tiempo en que las arañas están dormidas, y las miro con mi cuentahílos, no sé muy bien si mi verdadero interés es conocer su evolución para evitar las plagas o, sencillamente, contemplarlas, sentirme feliz por ello, y nada más.
José Del Moral De la Vega
(Publicado en el nº 198 de la revista PHYTOMA ESPAÑA)

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