lunes, 18 de agosto de 2008

Las Cochinillas


Nos contaba el profesor Carnicer en una visita que hizo a Extremadura, recién venido de EE.UU, que las naranjas más finas que se producían en el siglo XVI en España eran las de Plasencia. Hasta el XIX debieron ser frecuentes por estas tierras, y Godoy obsequia con un ramo de ellas a la reina María Luisa al pasar cerca de Elvas, gesto que da nombre a la última disputa de españoles y portugueses (La guerra de las naranjas). Pero en la competición con las valencianas perdieron las extremeñas; y de aquellos huertos que “Guzmán de Alfarache” dice que surtían de naranjas a los cardenales más exigentes de la Roma renacentista, ya sólo quedan algunos casi abandonados en los alrededores de Lobón, uno de los parajes más bellos de las Vegas del Guadiana.
Cuando yo era niño y salía al corral en esas mañanas frías de invierno en que hasta la respiración se hacía niebla, lo que más llamaba mi atención eran las naranjas sobre los árboles. El perro, con tanto frío, se hacía el distraído cobijado en su casita; el guindo, el camueso y el peral no tenían ni las yemas hinchadas, y los pájaros del jardín, tan ruidosos en primavera, sólo eran ahora unas bolitas blancas entre las ramas del ciprés. Pero las naranjas, brillando entre la bruma, parecían un milagro que desafiaba a los elementos.
Ahora es invierno y estoy en medio de un naranjal casi abandonado, donde las cochinillas destacan entre los insectos durmientes que colonizan la vegetación. Al observarlas con mi cuentahílos, voy pronunciando sus nombres lentamente, como paladeándolos. Nombres rarísimos –Parlatoria, Aspidiotus, Aonidiella, Cornuaspis, Ceroplastes…– que sólo unos pocos sabios, como mi amigo José Manuel Llorens, conocen bien.
Mientras observo las cochinillas no puedo dejar de acordarme de lo que, no hace mucho, nos contaba Andrés Ibáñez sobre las últimas investigaciones de Jung, ese estudioso de la conciencia que, sólo al final de su vida, después de una estrecha colaboración con Pauli, se atrevió a publicar: sus investigaciones sobre la sincronicidad (el fenómeno por el cual alguien piensa en un amigo y se encuentra con él a la vuelta de la esquina, o sueña que un volcán entra en erupción en el Pacífico y al día siguiente ve la noticia en el telediario), fenómeno que durante mucho tiempo fue atribuido a lo puramente mágico y que Jung explica argumentando que aquí la mente actúa fuera del tiempo y del espacio, siendo capaz de crear sucesos físicos. (¿Podrá demostrar algún día la física cuántica que la mente, junto a la materia y la energía son los tres pilares sobre lo que todo está edificado?).
El sol ha vencido por fin la niebla. El paisaje de estos naranjales de Lobón es todo un regalo para cualquier viajero que transita por la autopista a Lisboa. De repente, se para un coche, se baja un “guiri” con una inmensa cámara de fotos y, en un español farfullado, me pregunta si no me importa situarme en un sitio que él me indica. Accedo a ello y, en segundos, me muestra la imagen en el visor de la cámara (la foto es realmente espectacular). El “guiri” recoge sus bártulos y se despide mientras yo, con mi cuentahílos en la mano, un poco entontecido, me pregunto:
–¿Me habrá enviado a observar cochinillas por estos naranjales la mente del “guiri”, como explicaría Jung?
José Del Moral De la Vega
(Publicado en el nº 199 de la revista PHYTOMA ESPAÑA)

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