domingo, 7 de septiembre de 2008

La comida del espíritu



La dieta alimenticia de mi colegio la ajustaba un profesor de ciencias naturales que era veterinario, y quizás por ello era una dieta bien ajustada en principios inmediatos y calorías aunque, como la de cualquier ganado, también era la más barata del mercado. El menú resultante no podía ser otro que muchos garbanzos, lentejas, patatas, pan, aceite de oliva –que mi colegio estaba en Úbeda y ésa es tierra de aceitunas– y leche en polvo, aquella de los acuerdos entre Franco y Eisenhower. Como verdura, lechuga con todas sus hojas, las blancas y las verdes. Sólo un día en todo el año se comía jamón, el día de la Inmaculada, y es que los jesuitas siempre han sido maestros en eso de asociar símbolos, en este caso los de la excelencia.
Opina un antiguo compañero mío de aquel internado que tanto potaje pobretón debía ser el causante de que casi todos fuéramos más bien bajitos, y por ello nuestro equipo de baloncesto –bastante bueno, por cierto– no se caracterizaba precisamente por la altura de sus jugadores. Esa relación, alimentos pobres y altura reducida, es posible, pero ¿en qué alimentos estaba entonces la eficacia de aquel equipo?
En 1993, el profesor Rowley-Conwy nos contaba los descubrimientos realizados en Abu Hureyra, unos yacimientos correspondientes al 9500 a. de C. localizados cerca de Alepo (Siria), junto al Eufrates. Los métodos de flotación permitieron encontrar plantas en grandes cantidades que indicaban que se consumían no menos de 157 especies silvestres. En el mismo yacimiento, en un estrato correspondiente al 9000 a de C. la situación cambiaba, y el referido investigador dice: «Las patologías de los huesos humanos indican que la población pasaba mucho tiempo moliendo semillas para hacer harina, pero las semillas procedían de plantas cultivadas [...]. Se encuentra un número muy inferior de especies, y entre ellas están las siguientes, todas cultivadas ya: cebada, centeno, lentejas, garbanzos, dos tipos de trigo y varias plantas más».
Según lo anterior, entre el 9500 y el 9000 a. de C. aparece la primera manifestación de agricultura del planeta y poco tiempo después se domestican los primeros animales: el buey, la cabra y la oveja (8000 a. de C.)
Desde entonces hasta ahora han transcurrido once mil años. En ese tiempo el hombre ha descubierto varios miles de especies vegetales y animales distintos, pero, en esencia, la agricultura de aquellos primeros años es la que actualmente propugna la agronomía como la más adecuada para los cultivos de secano de la región mediterránea: alternancia de leguminosas (garbanzos, lentejas...) con gramíneas (trigo, cebada...) simultáneamente con la cría de ganado. El agrosistema así creado es ideal: las leguminosas entran en simbiosis con el Rhizobium, bacteria que fija el nitrógeno del aire y se lo proporciona a la planta, con lo cual las semillas de leguminosas tienen más proteínas que la carne, los huevos o el pescado; las proteínas de las leguminosas son deficientes en unos aminoácidos esenciales, pero éstos se encuentran abundantemente en los cereales; la gran cantidad de paja que generan estos vegetales sirve para alimentar a los rumiantes (bueyes, ovejas y cabras), que a su vez ayudan en las labores y transporte y proporcionan alimentos, abrigo y estiércol.
La cooperación de microorganismos, plantas y animales, dirigida armoniosamente por el hombre, ha permitido que el modelo de agricultura que se descubrió entre el 9500 y 9000 a. de C. haya llegado hasta hoy mismo sin que la ciencia, con todo el aparato de la tecnología, haya sido capaz de sustituirlo por otro mejor. Pero lo que realmente llama la atención de ese modelo de agricultura es que la sostenibilidad del mismo se produce por la cooperación y no por la competencia, algo que no se explica con las leyes de supervivencia de Darwin. Es como si unas especies, naturalmente poco preparadas para sobrevivir, conocieran que la cooperación es más positiva para ellas que la competencia.
Volviendo al tema de la alimentación con el que comenzábamos este artículo, la ciencia actual nos puede describir con precisión bioquímica los miles de pasos que se producen en el hombre desde los alimentos que ingiere hasta la compleja estructura de su cerebro, pero desde ahí hasta el Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, o la Pasión según San Mateo, de Bach, nada de nada. Faltan aún por conocer piezas entre la arquitectura material del hombre y la espiritual. Es como si en los alimentos, acompañando a los principios inmediatos, debieran existir otras sustancias con valores espirituales cuyo metabolismo generara las obras de amor, de arte, de ciencia...
Yo estoy convencido de que, algún día, un loco cualquiera descubrirá que eso que llamamos alma, y que sólo atribuimos al hombre, existe en todos los seres vivos, y entonces quizá nos podamos explicar que los jugadores de baloncesto de mi colegio, aunque eran bajitos porque comían legumbres más que otra cosa, jugaban muy bien, y todo ello, quizás, porque en el alma de los garbanzos y lentejas hay un principio de cooperación –como el que se manifiesta en el modelo de agricultura de Abu Hureyra – capaz de conferir a todos aquellos que los toman asiduamente sentimientos de hermandad.

José Del Moral De la Vega

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