miércoles, 1 de octubre de 2008

LAS AFRICANAS PINTADAS DE AZUAGA (I)


En los años cincuenta, el cocido de garbanzos
era la comida que los internos de los “Jesuitas”
en Úbeda (Jaén, España) comían cada día del curso.

La profesora Harrus-Révidi dice que la madre, al alimentar al niño, le inicia en el aprendizaje del gusto, que pasa por la lengua, el paladar, las papilas… de la boca, órgano donde, precisamente, coinciden el alimento y la palabra. Y la boca, a lo largo de la vida, se va a ir llenando, o no, de alimentos sabrosos y de palabras sabedoras. Una gran parte de lo que caracteriza al hombre maduro se empieza a gestar en su boca durante la infancia, y por ello, actualmente, los psicólogos huronean por los rincones del alma para relacionar el ajo, la pimienta, el aceite… que utilizaba nuestra madre en su cocina, con la villanía o la virtualidad de nuestro comportamiento. Es por esto una cuestión con base científica que, en la culinaria de un pueblo, se esconden muchas de las razones que conforman el arquetipo espiritual del mismo. Pero si el alma de un pueblo tiene mucho que ver con la cocina, la de los españoles ha estado relacionada más con la cantidad de los alimentos ingeridos que con la variedad de sus recetas, como muy bien pone de manifiesto Cervantes en lo que se considera el arquetipo de banquete español –las bodas de Camacho–. Y en nuestro país, uno de los símbolos más importantes de la cocina ha sido el pollo –Los españoles de más de cincuenta años recordamos aquel simpático personaje de cómic (Carpanta), creado por Escobar, en cuyos sueños siempre aparecía un pollo asado– Y es que aquí, durante mucho tiempo, el pollo era el orgasmo del apetito.
Los alimentos tienen mucho que ver con el alma –somos un poco lo que comemos– y no solo con el alma individual, sino también con el alma del grupo, de la tribu; ellos son un símbolo, un marcador social que caracteriza a los estamentos. En nuestro país, hasta los años cincuenta del pasado siglo, el cocido de garbanzos fue el símbolo de los que comían todos los días, símbolo que los diferenciaba del otro gran grupo, el de los que no comían todos los días –por ello, la gente presumía de comer cocido–. Al final de los años cincuenta, con el desarrollo económico, el cocido fue sustituido por otro símbolo, precisamente el sueño obsesivo de Carpanta: el pollo.

José Del Moral De la Vega

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