jueves, 20 de noviembre de 2008

ALEJANDRO DEGIANNE


Una historia. El niño quería ser un animal, un zorro. Cuando había que correr o perseguirse lo hacía a cuatro patas; cuando comía, lo hacía pensando que con el tiempo se le alargarían los colmillos, y se le pondrían los ojos de color amarillo, y olería a muchas leguas de distancia, y oiría hasta lo más sutil. Todos se apartaban de aquel niño montaraz. Un día decidió embarcarse y recorrer el mundo. En el puerto de Haffa conoció el amor; en Génova el desengaño; en Marsella la traición de los amigos; en Trípoli perdió el dedo corazón de la mano derecha; en Túnez fueron varios años de indolencia y exceso; en Alejandría enfermó gravemente y sanó; en Málaga se hizo rico y se arruinó. Volvió a Foligno. Aunque gastado, a su hermosa sonrisa no le faltaba un diente. Hábil negociante, no tardó en prosperar. Tuvo dos o tres amigos y una mujer a la que visitaba. Carnovali hizo de él un retrato que años después pertenecería al infante Sebastián Gabriel, en Nápoles. Se cuenta que una noche de agosto, dos días antes del terremoto, mientras hablaba con varios amigos en el Liceo, algunos de los presentes lo vieron girarse bruscamente hacia la puerta abierta, por la que entraba la brisa del río, aspirar fuertemente con los ojos cerrados, y estremecerse.


Diego. Amigos de aquella vida (1808-2008).


M. Giuliani-La folia

3 comentarios:

angélica beatriz dijo...

Hola querido Diego.

¡Cuánta intensidad se puede beber en este pequeño escrito!

Me deja una reflexión a flor de piel: el corazón del hombre es la brújula que marca las pisadas en el sendero infinito de la vida.

Gracias por compartirlo, y sobre todo, con esa bella música.

Un beso para ti.

Mar y ella dijo...

Una hermosa reflexión,acompañada de una bella melodía.Estremeceserse,capacidad que se ha ido perdiéndo con los dias..
Mariella

Diego dijo...

Gracias a vosotras, Angélica y Mariella, vuestros comentarios siempre van mucho más allá de la simple apreciación, y eso siempre gusta. ¡Besos!
Diego