jueves, 13 de noviembre de 2008

El cocido de garbanzos y “El Americano”



Tienen los alimentos mucho que ver con el alma –somos un poco lo que comemos– y por ellos, como por un cordón umbilical, estamos unidos a una inmensidad de vínculos misteriosos con nuestra cultura. La madre, al alimentar el niño, le inicia en el aprendizaje del gusto, que pasa por la lengua, el paladar, las papilas… de la boca, órgano donde, precisamente, coinciden alimentos y palabras. Y la boca, a lo largo de la vida, se va a ir llenando, o no, de alimentos sabrosos y de palabras sabedoras. Una gran parte de lo que caracteriza al hombre maduro se empieza a gestar en su boca durante la infancia, y por ello los psicólogos huronean ahora por los rincones del alma intentando relacionar el ajo, la pimienta, el aceite… que utilizaba nuestra madre en su cocina, con la villanía o la virtualidad de nuestro comportamiento.
Va ya para veinte años que empezamos a estudiar las enfermedades del garbanzo en Extremadura. Vino una vez a discutir nuestros experimentos mi amigo el profesor Antonio Trapero, y le acompañaba en aquella ocasión Walter Kaiser, un profesor americano que disfrutaba de un año sabático y al que los agricultores que venían con nosotros llamaban, simplemente, “El Americano”. Llegada la hora de comer, disfrutamos de un cocido de tres vuelcos preparado en puchero de barro sobre cocina de leña y fuego lateral; un cocido con el que “El Americano”, a medida que lo degustaba, fue experimentando una metamorfosis para transformarse, al final, en un volcán de jovialidad y simpatía.
Cuando terminamos, un agricultor de los que nos habían acompañado, en un aparte me dijo: «¡Para que luego digan que los yanquis no son divertidos!».
Y entonces yo, que siento muy bien a los fantasmas, percibí muy bien la presencia de Abu Zacarías –agrónomo español del siglo XII– que me decía: “los garbanzos… tienen la virtud de que comidos calientes o fríos alegran al que los comiere, divierten el ánimo, hacen olvidar los cuidados, fortalecen el corazón, y apartan los pensamientos sombríos”.
Andan ahora los cocineros españoles discutiendo sobre la conveniencia, o no, de preparar recetas complicadas. ¿Tendrán que venir a Extremadura a comer un buen cocido, para darse cuenta de que el futuro de la cocina no está tanto en alambicar alimentos como en saber descubrir, mediante la espiritualidad, lo que de verdad encierran?

Imagen del MAPA. Texto de José Del Moral De la Vega
Publicado por el autor en el nº 201 de PHYTOMA ESPAÑA

4 comentarios:

Liberto Brau dijo...

Os encontré por casualidad, no tanto al azar… Me gustaron algunas cosas, bastantes, de lo que vi, y tengo curiosidad por “buscar” entre vuestras entradas antiguas y por supuesto sobre las cosas que editáis... Volveré… Ojalá tengáis curiosidad por el mío que recién comencé hace una semana a publicar una novela por capítulos, “Amanece púrpura”; una novela en proceso, de la que ya he editado una parte del segundo capítulo. Iré escribiendo los siguientes siempre que haya lectores “suficientes” y “paguen” su lectura con el impuesto revolucionario de sus comentarios… Bueno, hasta otra, en esta casa o la mía… Un saludo cómplice.

angélica beatriz dijo...

Hola mi señor lindo.

¡Qué interesante relato nos has preparado hoy!

En verdad que los alimentos pueden transformar el ánimo de las personas. No en balde se dice que el chocolate, alimento nutritivo y exquisito, es un afrodisíaco, por su acción estimulante. Por otro lado, ¿no hemos escuchado todos de los beneficios que trae al cuerpo y al alma un buen caldo de pollo?

He disfrutado mucho la anécdota del profesor "yanqui" :-) Y sobre todo, de la hermosa forma en que nos platicas las cosas.

Seguramente que en la buena preparación de los alimentos, no hacen falta recetas exhaustivas... basta con poner el alma cuando se cocina, que de seguro, ése será el mejor condimento.

Un beso inmenso, Pepe querido.

Gaudiosa dijo...

Hola amigos. Me encantan los garbanzos que prepara mi madre según una receta que aprendió cuando vivió en Badajoz unos dos años. Ella los llama guisados, no llevan nada de carne y están riquísimos: caldositos y sabrosos. La receta se la enseñó la señora María, que vivía al lado de mis padres y de mi segundo hermano que nació ahí, en vuestra ciudad, en mayo del 55 (yo soy la cuarta, un poco tardía...), en un sitio llamado carretera a Portugal.
También repite mucho un refrán que aprendió de ella: Vale más un remiendo feo que un agujero bonito, dicho que me anima mucho cuando me pongo a coser.
Precioso vuestro blog, las imágenes y las palabras. Poesía, sensibilidad, belleza, profundidad y buen humor.
Un abrazo desde Oviedo (aunque parece que la IP me sitúa en Avilés), conectados en nuestra "Ruta de la plata".

pfgarea dijo...

...es que a veces, entre tanta técnica-tendencia queremos resultados sin escuchar lo que se nos ofrece...