jueves, 30 de octubre de 2008

VAMPIROS EN EL CINE PACENSE


Este viernes 31 de octubre, a las nueve y media de la noche, se estrena en el Cine Pacense la película Conde Orloc, una aventura cinematográfica de la compañía Saltarrana y Sangre Fría Producciones. Qué mejor momento, la noche de difuntos, para presentar esta historia de vampiros; y en un escenario a propósito: el antiguo Cine Pacense, un local cuya apertura se remonta a 1892, y que acaba de ser restaurado con todo su sabor decimonónico. La noche de mañana se presenta como un elegante, cálido y exquisito… cuento de terror.

El tráiler de la película:


video

Déjà vu

Aquele momento de plenitude e de calma que já não se lembra, mas que volta às vezes, não se sabe de onde. Ou talvez sim se sabe...

lunes, 27 de octubre de 2008

LA RABIA DEL GARBANZO (II)



Por los años sesenta del pasado siglo, cuando yo estudiaba interno en los jesuitas de Úbeda, íbamos algunos jueves a pasear al campo hasta casi llegar a Baeza. Por una de aquellas veredas solía caminar don Antonio Machado; y al pasar junto a una encina a la que el poeta alude en uno de sus poemas, lo recitábamos: …Sobre el olivar / se vio la lechuza / volar y volar. /Campo, campo, campo. / Entre los olivos, / los cortijos blancos. / Y la encina negra, /a medio camino /de Úbeda a Baeza…
Desde entonces, siempre que paseo por un lugar me hago la misma pregunta: ¿Cuántos, antes que yo, habrán paseado por aquí? ¿Iré yo andando, ahora, entre fantasmas, sin saberlo? ¿Me verán ellos a mí? ¿Infundirán mi pensamiento?... Y aunque no encuentro respuestas, son muchas las veces que yo siento esos fantasmas. Precisamente ahora, frente a un magnífico campo de garbanzos cuajados de florecillas blancas, advierto a mi lado la presencia de Abu Zacarías Yahia “El Sevillano” –agrónomo del siglo XII– que casi susurrando me dice: "Si se pone un cuartillo de garbanzos de noche a la luna cuando está en creciente, y alzados luego por la mañana, antes de nacer el sol, se tienen después a remojo dos horas en agua dulce, y con la misma se cuecen hasta enternecerse, tienen la virtud de que comidos calientes o fríos alegran al que los comiere, divierten el ánimo, hacen olvidar los cuidados, fortalecen el corazón, y apartan los pensamientos sombríos”.
¿Es posible que un plato de cocido produzca tantas venturas?
Andan embarcados ahora los cocineros sobre lo puro o lo contaminado de sus diseños culinarios, guerra que, aunque unos y otros tratan de disimular, no tiene más interés que el de proclamar el rey de los cocineros. Pero para mí que van un poco descaminados. Llevan ya mucho tiempo empeñados en emplear tal o cual aliño, con este o aquel procedimiento, para que luego los comensales, situando el alimento en el borde superior de la parte media sublingual…, se tengan que devanar los sesos y descubrir que justo, en ese momento, como en un parto, nace un regustillo a monda seca de naranja.
Para el profesor Tarnas, del “Institute of Integral Studies”, de California, lo anterior es lo más parecido a una calle cortada.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega
Publicado por el autor en el nº 201 de PHYTOMA ESPAÑA

sábado, 25 de octubre de 2008

De los buenos recuerdos

ÓSCAR BOMTEMPO

Flying concellos 1941

Óscar era mago. Un mago sin demasiada suerte. Aunque de vez en cuando nos servía de modelo a varios amigos pintores, sus medios de vida siempre fueron un misterio. El caso es que era un hombre muy alegre. Cuando los famosos Podestá-Scotti montaron su nuevo circo, le sugerí pedir trabajo. “Detesto el circo −me dijo−; del circo solo me atraen los alrededores. El campamento de caravanas; las cocinas humeantes bajo los toldos; la ropa colgando de los tendederos; esas mujeres somnolientas que canturrean en una lengua extranjera; la fisonomía, el acento de una raza turbulenta, de mil sangres. Eso es lo interesante, lo humano. De pequeño, en Rosario, cada vez que me llevaban al circo me aburría; me atraía más observar lo que ocurría en las gradas y en los laterales de la pista. Recuerdo a una trapecista que se había sentado a descansar después de su número. La forma de cruzar las piernas al sentarse; el gesto de encender el cigarrillo; el brillo del sudor sobre el maquillaje; el moratón en el muslo; los pliegues en el vestido ajustado... Nada que ver con el ángel sonriente que hacía un momento había visto girar en el aire. Y sin embargo, al contrario que nuestro amigo Oliverio, que sólo quiere mujeres que sepan volar, desde entonces a mí me gustaría de ellas todo lo que demostraba que no sabían, que no podrían nunca volar de verdad”.


Diego. Amigos de aquella vida (1808-2008)



Boomp3.com

La sonrisa que trasciende



Aquella persona no tuvo ni una sola idea original en toda su vida, ni tampoco tuvo un hijo, ni escribió un libro, ni tan siquiera plantó un árbol; pero un día sonrió a un niño, y el niño aquel, que luego se hizo panadero, la guardó en su alma, y todo el mundo disfrutaba los panes de aquel panadero como especiales, sin saber que tenían una sonrisa dentro.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega

martes, 21 de octubre de 2008



En Sevilla todo es perdonable, menos lo feo;
y todo aquel que va contra “lo bonito” es arrojado al infierno.
Para recordar el precepto, hay por las calles unos azulejos
en donde aparecen, entre llamas, las almas de los infelices,
azulejos que los jóvenes restauran cada poco.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega.

lunes, 20 de octubre de 2008

LA RABIA DEL GARBANZO (I)


Campo de garbanzos arrasado por la Rabia

El garbanzo es un cultivo que aún perdura en Extremadura, y la Rabia una de las enfermedades que le afectan. Aparece ésta en primavera, después de unos días de lluvia y otros seguidos de sol, y para impedir que se adueñe del garbanzal está recomendado visitar los campos con frecuencia y aplicar un terapéutico cuando se vean las primeras manchas que la delatan.
Ahora es primavera, y las parcelas de cultivo forman un inmenso mosaico sobre los alcores de la Campiña Sur de Extremadura. Pasear por sus veredas es como entrar a un espectáculo y pasar del aburrimiento a la emoción: el viento del Guadalquivir o del Guadiana –que ésta es una tierra donde nacen fuentes a uno u otro río– llega cargado de vilanos que se pegan, obstinados, a la ropa; bandadas de coleópteros de color esmeralda revolotean por entre las flores amarillas –mi amigo Pedro Del Estal, que habla las lenguas de los insectos, dice que se llama: Psilothrix viridicoerulea –, y el cielo, lleno de cantos y piruetas de pájaros, recuerda la alegría que, de súbito, se forma a la salida de una escuela.
Buscando referencias antiguas sobre la Rabia, me topé con uno de los episodios más hermosos de la historia de nuestra cultura: transcurría el siglo X y Abderramán III, que había fundado en Córdoba la primera academia de medicina, deseaba poseer un ejemplar del libro “De materia médica”, un tratado de botánica escrito en el siglo I por el griego Dioscorides en el que se indica la utilidad de numerosas plantas contra las enfermedades del hombre. En un intercambio de embajadores, el emperador de Bizancio le regala al califa un ejemplar del pretendido libro, y éste, inmediatamente, ordena traducirlo al árabe; pero al comenzar la tarea, los lingüistas comprueban que pueden transcribir todo el texto menos el nombre de las plantas, que desconocen. De nuevo pidió ayuda Abderramán al emperador, y éste le envió al monje Nicolás, que resolvió el problema y vivió felizmente en la ciudad de Córdoba hasta el final de su vida.
Mucho me temo que la humanidad no haya dado suficientes gracias al monje Nicolás por habernos permitido leer párrafos tan sugerentes como éste: “…majados los garbanzos con miel y aplicados en forma de emplasto, tienen gran poder de mundificar y deshacen todas las manchas del rostro. Engendran los garbanzos muchas ventosidades y son productivos de esperma, por donde no es maravilla que inciten a fornicar”.
Contaba mi madre que su tío abuelo, que era canónigo en el cabildo catedralicio de Badajoz, andaba siempre en alabanzas de los cocidos de garbanzos de su hermana Isabel, pero ésta, mujer culta y recatada, y conocedora del Dioscórides, no hacía sino prometérselos –forma elegante de darle largas–, para así –creía ella– evitar la promiscuidad del clérigo.
La ciencia no ha probado todavía –al menos, no tengo yo noticia de ello– la relación del garbanzo con la lujuria; pero “la Gumersinda”, que curaba el “Mal de ojo” en mi pueblo, me contó un día que la mujer de Amador –la bruja oficial de la comarca– hacía unos cocidos con los garbanzos que se dejaban en el campo por haber “rabiado”, con los que, quien los comía, “rabiaba de amor”.
–¡Ah, ese es el origen verdadero del nombre de Rabia que dan los labradores a esta enfermedad del garbanzo! –pensé.
Ahora, no sé yo muy bien si “la Gumersinda” y su amiga habían deducido, sólo por el nombre, que si se comen garbanzos “rabiados”, se “rabia de amor”; o es que, con igual intuición con la que el hombre desvela la verdad oculta de las cosas –lo sagrado–, las brujas de mi pueblo han descubierto, de verdad, que es en esta enfermedad del garbanzo donde está escondida “la Viagra” que El Creador puso en El Paraíso.


José Del Moral De la Vega

Artículo publicado por su autor en la revista PHYTOMA ESPAÑA Nº 201, 2008

viernes, 17 de octubre de 2008



Lorenzo es un labrador extremeño que ha descubierto
la lengua de los tomates. Y éstos, en las mañanas
del verano, le cuentan historias antiguas y extraordinarias
de América que solo ellos conocen.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega

domingo, 12 de octubre de 2008

Leyendo a Stendhal: Beatriz Cenci


“El segundo retrato valioso de la galería Barberi­ni es de Guido; es el retrato de Beatriz Cenci, del que tantos malos grabados se ven. Este gran pintor puso en el cuello de Beatriz un trozo de tela insignificante, y en la cabeza un turbante; el pintor no se atrevió a llevar la verdad hasta lo horrible reproduciendo con verdadera exactitud la vestidura que Beatriz se ma­ndó hacer para ir al suplicio y la cabellera en desor­den de una pobre niña de dieciséis años que acaba de entregarse a la desesperación. El rostro es dulce y bello, la mirada muy tierna y los ojos muy grandes, con la expresión asombrada de una persona a la que acaban de sorprender llorando amargamente. El pelo es rubio y muy bonito. Este rostro no tiene nada de la altivez romana y de esa conciencia de las propias fuerzas que solemos observar en la firme mirada de una “hija del Tíber”, de una figlia del Tevere, como dicen ellas mismas con orgullo. Desgracia­damente, las medias tintas han tomado un rojo la­drillo en ese intervalo de doscientos treinta y ocho años que nos separa de la catástrofe cuyo relato se va a leer”.

Stendhal. Los Cenci (1837-1839) Trad.: Consuelo Berges


La historia de Beatrice Cenci es cierta. Que el retrato del Palacio Barberini sea el suyo, y que éste fuera obra de Guido, se discute. Y sin embargo, para Stendhal no había duda. A la terrible historia narrada por los cronistas le faltaba un rostro. Y éste era. Bajo su influjo, Stendhal escribió uno de sus relatos más intensos. Pienso en Stendhal, en Shelley, en Byron, en Heine, y resulta llamativo que del entusiasmo casi infantil de aquellos hombres, de su capacidad para dejarse arrebatar por el hechizo de un relato, de una leyenda, de un mito, surgiera el último puñado de historias donde todavía se puede sentir un poco de vida original, fuerte, auténtica. Hoy serían más críticos; pero hoy se propende a la novela histórica, o a la literatura para literatos… Sin duda, este es el verdadero rostro de Beatrice Cenci, pintado en su celda la víspera de su ejecución, por Guido Reni.



Texto: Diego

viernes, 10 de octubre de 2008

JAKOB VOHLER


Jakob, el día mismo de su funeral, me confesaba loco de felicidad: “La verdad es que ha sido una liberación. Es el mejor papel que me podía tocar. Estoy muerto, muerto de verdad, ¿te lo puedes creer?”. Claro que me lo podía creer. Allí estábamos los dos, sentados uno junto al otro, fumándonos un pitillo en una sala contigua a la del velatorio. Jakob había sido un estupendo actor, y tal vez hubiera triunfado, de no haber tenido la veleidad de casarse con esa yanqui acaudalada. Cada temporada, el flamante matrimonio Vohler ocupaba las primeras portadas de las revistas de cotilleos. Últimamente pasaban una mala racha, y hacía pocos meses que Jakob había sido detenido en una de las redadas del Strip. Como a tantos actores alemanes, Hollywood no fue precísamente lo mejor que pudo pasarle. Su juventud auguraba algo mejor. Lo conocí en la época en que yo trabajaba para Hermann Warm en los decorados de El gabinete del doctor Caligari. Por entonces, Jakob era el miembro más joven de la compañía de Max Reinhardt. Algunas noches, después del trabajo, Hermann, Walter y yo íbamos a ver los ensayos en la Kammerspiele. A la salida se nos unían Mara, Jakob y Conrad, y nos dirigíamos hacia la Ku´Damm. Casi siempre se nos hacía de día. Se pasó media vida añorando aquella época, cuando era pobre y vivía con Mara. Y ahora, al morir, esa añoranza parecía haberse acentuado. Exaltado como era, y olvidándose de la incómoda situación en que nos encontrábamos, Jakob alzaba la voz: “Mara me quería, es la única mujer que me ha querido de verdad. Con ella no me sentía un pelele, para ella era un actor, era alguien. Tengo que ir a buscarla. Sé que aun sigue en Berlín; puede que no me haya olvidado”. Para ciertas cosas, Jakob era muy delicado; lo más seguro es que se presentara a una hora oportuna, y con un ramo de flores. Aun así, pienso en el susto que se llevaría la pobre Mara cuando lo viera aparecer.


Diego. Amigos de aquella vida (1808-2008)


Boomp3.com

jueves, 9 de octubre de 2008




La luz,
como un niño,
juega por las ventanas
a dibujar sombras
en las paredes.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega

lunes, 6 de octubre de 2008



Los bosques son para mirar,
desde dentro,
la luz que los rodea.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega

viernes, 3 de octubre de 2008

LAS AFRICANAS PINTADAS DE AZUAGA (II)


La pintada, ave de origen africano, es una gallina criada
en Extremadura con la que se prepara una comida arcangélica.

En los años sesenta del siglo XX, la cocina española experimentó un cambio extraordinario. Por aquel tiempo instalaron en mi pueblo un asador de pollos y, con él, los mozos descubrieron un nuevo entretenimiento: cada fin de semana rivalizaban entre sí para ver quien comía más. Hubo uno de ellos –El de la Pitoseca– que llegó a zamparse hasta ocho en una comida, aunque bien es verdad que aquellos “Broilers” sólo tenían algo más de dos raciones de carne.
Unos diez años después de su introducción, los platos de pollo se habían generalizado, hasta tal punto que, de ser un símbolo de prestancia pasaron a ser un indicador de vulgaridad –el de los catetos hartitos de carne–, y desde entonces, en los comedores distinguidos, por la misma razón que a partir de los años cincuenta ningún “elegante” pedía cocido, a partir de los sesenta, los clientes tampoco piden pollo.
En estos momentos, afortunadamente, la mayoría de los españoles ya no tienen que elegir el tipo de alimento que ingieren por el símbolo ¬que representa. Están desapareciendo los complejos en la mesa, y ya muy poca gente “se corta”, incluso en un “Tres Estrellas Michelín”, de mojar un pellizco de pan en un plato con aceite de oliva, como aperitivo; o pedir solemnemente, con voz engolada y cara de suficiencia, una ración de morcilla de Burgos –sobre todo ahora, que el astronauta español Pedro Duque la ha llevado en un vuelo espacial–.
Con los nuevos tiempos, muchos alimentos han vuelto, sin complejos, a los restaurantes españoles. Y muchos de nuestros cocineros, al formarse en Francia, han descubierto que allí las aves (el capón, la pularda, el pollo de Bresse, la pintada...) son protagonistas en los mejores restaurantes; prueba de ello es que la gallina pintada representa para los agricultores de centro de Europa unos ingresos anuales cercanos a los 500 millones de €. Y esta ave que, como los emigrantes, viene de África, y que en España también es conocida como gallina de Guinea, ha demostrado que su adaptabilidad a los agrosistemas extremeños es muy superior a la que muestra en Francia, adaptabilidad que se evidencia en que mientras que en la mayor parte de las explotaciones francesas las aves tienen que estar estabuladas, las criadas actualmente en Azuaga pueden estar todo el año, como las vacas Retintas o el cerdo Ibérico, al aire libre, lo que confiere a los animales una extraordinaria salud y, a sus carnes, una calidad excelente.
Los maestros de la cocina extremeña ya han probado las pintadas criadas al aire libre en La Campiña extremeña y las han comparado con las criadas en régimen intensivo en Francia; su análisis ha sido concluyente: «las africanas pintadas de Azuaga están buenísimas».

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega

miércoles, 1 de octubre de 2008

LAS AFRICANAS PINTADAS DE AZUAGA (I)


En los años cincuenta, el cocido de garbanzos
era la comida que los internos de los “Jesuitas”
en Úbeda (Jaén, España) comían cada día del curso.

La profesora Harrus-Révidi dice que la madre, al alimentar al niño, le inicia en el aprendizaje del gusto, que pasa por la lengua, el paladar, las papilas… de la boca, órgano donde, precisamente, coinciden el alimento y la palabra. Y la boca, a lo largo de la vida, se va a ir llenando, o no, de alimentos sabrosos y de palabras sabedoras. Una gran parte de lo que caracteriza al hombre maduro se empieza a gestar en su boca durante la infancia, y por ello, actualmente, los psicólogos huronean por los rincones del alma para relacionar el ajo, la pimienta, el aceite… que utilizaba nuestra madre en su cocina, con la villanía o la virtualidad de nuestro comportamiento. Es por esto una cuestión con base científica que, en la culinaria de un pueblo, se esconden muchas de las razones que conforman el arquetipo espiritual del mismo. Pero si el alma de un pueblo tiene mucho que ver con la cocina, la de los españoles ha estado relacionada más con la cantidad de los alimentos ingeridos que con la variedad de sus recetas, como muy bien pone de manifiesto Cervantes en lo que se considera el arquetipo de banquete español –las bodas de Camacho–. Y en nuestro país, uno de los símbolos más importantes de la cocina ha sido el pollo –Los españoles de más de cincuenta años recordamos aquel simpático personaje de cómic (Carpanta), creado por Escobar, en cuyos sueños siempre aparecía un pollo asado– Y es que aquí, durante mucho tiempo, el pollo era el orgasmo del apetito.
Los alimentos tienen mucho que ver con el alma –somos un poco lo que comemos– y no solo con el alma individual, sino también con el alma del grupo, de la tribu; ellos son un símbolo, un marcador social que caracteriza a los estamentos. En nuestro país, hasta los años cincuenta del pasado siglo, el cocido de garbanzos fue el símbolo de los que comían todos los días, símbolo que los diferenciaba del otro gran grupo, el de los que no comían todos los días –por ello, la gente presumía de comer cocido–. Al final de los años cincuenta, con el desarrollo económico, el cocido fue sustituido por otro símbolo, precisamente el sueño obsesivo de Carpanta: el pollo.

José Del Moral De la Vega