martes, 10 de febrero de 2009

Panta Rhei


A Panta Rhei me llevó Claudia, en una escapada a Madrid que salió mal, pero que tuvo sus momentos buenos, como éste. Era una tarde fea, llovía, y desde Atocha hasta la calle Fernando VI nos dio tiempo a discutir. ¿A dónde me llevas, Claudia? A un lugar maravilloso. Y lo era. Estaba anocheciendo cuando llegamos, y de los escaparates salía una luz acogedora. Una librería, pero una librería sólo de libros ilustrados, libros con los diseños y los formatos más extraordinarios; en cualquier recoveco encuentras una publicación del tamaño de un cromo, con hojas desplegables. Lo impensable está allí. Pero no íbamos buscando nada, íbamos solo a distraernos, y porque Claudia quiso hacerme ese regalo. Al entrar nos detestábamos, pero el rato que pasamos allí nos suavizó el ánimo, volvimos a querernos un poco y salimos con ganas de volver a pasear y buscar un sitio donde beber algo. Más adelante regresé, yo solo. No buscaba libros, sino un lenitivo. Pero ya no estaba allí, se la habían llevado a otra parte. Volví a mi hostal de Atocha. Me tragué mi mala sombra con unas jarras de cerveza y un bocadillo de calamares. ¿Y la nueva librería? No lo sé, no he tenido ocasión de ir. Además, ya no será lo mismo.


Texto: Diego. Imagen: Gordolobo

2 comentarios:

Gaudiosa dijo...

Lo menos que puede pasarnos al irnos y después volver a un sitio que se llama Panta Rhei es no encontrar algo o a alguien.
Además, ¿estás seguro de que eras tú, el mismo de antes, el que volviste más tarde? XD

Bonita librería. Tomaremos nota para la "niña".

Saludos.

angélica beatriz dijo...

Hola querido Diego. Se nota que esa librería dejó huella en ti. En cualquier caso, guardarás en tu alma un motivo especial para no olvidarla.

Volverás...

Un beso enorme.