jueves, 11 de junio de 2009

De la romana y los vientres "un poco salidos"


“(...). Mi madre decía que, si mi cara era bonita, mi cuerpo era cien veces más bello. Un cuerpo como el mío, según ella, no se encontraba en toda Roma. Pero entonces yo no me preocupaba de mi cuerpo, me parecía que toda la belleza estaba en la cara, pero hoy puedo afirmar que mi madre tenía razón. Mis piernas eran firmes y derechas, las caderas redondas, el tronco largo, estrecho en la cintura y ancho en los hombros. Tenía el vientre, como siempre lo he tenido, un poco prominente, con el ombligo que casi no se veía de tan hundido como estaba en la carne; pero mi madre decía que eso era más bonito aún, porque el vientre debe ser un poco salido, y no liso como hoy se usa. También era prominente mi pecho, duro y alto, capaz de mantenerse sin necesidad de sostén, y lo mismo que con el vientre, si me lamentaba de que mi pecho era demasiado voluminoso, mi madre replicaba que era hermoso de veras, y que el pecho de las mujeres, hoy día, no vale nada. Desnuda, como se me hizo notar más tarde, aparecía corpulenta y llena, formada como una estatua, pero vestida parecía una muchachita menuda, y nadie hubiera podido pensar que estaba hecha de aquel modo. Aquello dependía de la proporción de las partes, como me dijo el pintor para el cual empecé a posar.”

La romana (1947). Alberto Moravia



De La romana lo que mejor recuerdo es su comienzo, que fue lo que me hizo leerla, ya que aun no conocía a Moravia, y a mi edición de saldo le faltaba la sobrecubierta, donde podría haberme enterado del argumento. Fue una suerte, ya que si únicamente me basara en las sinopsis de las contraportadas para elegir mis lecturas, creo que no hubiera leído más de cuatro o cinco libros en mi vida. Y éste mereció la pena. El caso es que recuerdo muy bien ese comienzo. Es, además, lo primero que se me viene a la mente cada vez que a alguna mujer que me gusta le da por hacer uno de esos malditos regímenes. Entonces cobra un nuevo sentido, casi de dolorosa súplica, aquel piropo tan certero que escuché una vez: “Adriana, tú eres de esas mujeres que nos gustan a los hombres”.


Texto: Diego

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