domingo, 3 de enero de 2010

La amabilidad

Anna Karina en Vivre sa vie (1962), de Jean-Luc Godard

Viendo esta escena, me acuerdo de algo leído hace tiempo, y es que quizá lo importante no sea tanto la manera en que uno mira, sino cómo se deja uno mirar; no cómo uno acaricia, sino cómo se deja acariciar; no la forma de ofrecerse, sino la de aceptar. Pienso en la palabra amable. Según el diccionario de la RAE: “Del latín Amabilis, digno de ser amado”. Sospecho que la vieja raíz latina esconde un más difícil todavía. Lo confirmo en la web del profesor Mariano Arnal: amabilis también significa “El que se deja querer”. El que se entrega y el que acoge unidos en la misma palabra, en esa mirada. Pienso en la sensación de plenitud que únicamente nos proporcionan algunos sueños, y en la facilidad con que la mayoría de los niños te echan los brazos para que los cojas. El desasimiento, la total falta de resistencia, convertidas en rigidez y estrechura con la madurez, en la vida real. Hay una famosa web privada, Beautiful Agony, que exhibe los rostros de cientos de personas filmadas durante el orgasmo. En la misma línea, pero en versión más “Disney”, se me ocurre cómo sería filmar a otras tantas personas recibiendo sus regalos estas Navidades, la expresión de sus caras. Sería un curioso proyecto. Un instante de libertad, podría titularse…


Texto: Diego

4 comentarios:

angélica beatriz dijo...

Pero bueno, querido Diego, esta entrada que nos regalas es preciosa, por donde se le vea.

Me he quedado pensando en esa palabra, -amable-, es decir, que alguien es así cuando se deja amar por los demás... Nunca lo pensé así, lo confieso. Y cuando te he leído, recordé aquello del famoso Análisis Transaccional, donde se nos dice que la gente no sabe ser "acariciada" con las palabras y los gestos, mucho menos amada.

¿Será que, tal vez, convenga empezar por ese principio de enseñar a los mayores a dejarse acariciar y amar, tal y como lo hacen los niños y que tan bien lo explicas, Diego? Pienso que sería una buena oportunidad de propagar en cadena, como una ola, la bella virtud de la amabilidad.

Un beso grande, querido Diego, y feliz año!

Master dijo...

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Diego dijo...

No sería una tarea fácil, Angélica. Devolver la amabilidad a un ser adulto es como devolverle la inocencia… Quitarse la “coraza” −sea cual sea− parece una locura; de hecho, con el tiempo uno siente cada vez más justificado el llevarla puesta, incluso se convence de que lo más sabio es asumirla y vivir lo más a gusto posible con ella. En esas condiciones es difícil ser amable. Pero conservar la disponibilidad a serlo, el ser conscientes y estar atentos al momento, a la persona… no sé si podría enseñarse; en cualquier caso, no deberíamos olvidarlo.

Un abrazo enorme!

Diego dijo...

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