sábado, 23 de enero de 2010

Měsíčku

Canción a la Luna. Aria de la ópera Rusalka (1901), de Antonín Dvořák (1841-1904).


Hay hechos extraordinarios en la vida de uno que, por algún curioso efecto, se olvidan, y se mantienen en ese olvido durante años. En realidad, no se descubre que han sido extraordinarios hasta el momento en que, de improviso, uno recuerda, o se reencuentra con aquello olvidado. Eso mismo me ha sucedido con la música de Dvorak. Su Sinfonía del Nuevo Mundo fue un descubrimiento, el comienzo de mi interés por los clásicos; la culpable, también, de sumar un rasgo más de rareza al adolescente bastante raro que yo era entonces. Porque lo de Dvorak fue verdadera pasión: durante aquella época compré todas las grabaciones de sus obras que pude, entusiasmado cada vez que encontraba su nombre en la carátula de algún cassette de saldo; leí todo lo que se había escrito sobre aquel aprendiz de carnicero que llegó a ser uno de los compositores más grandes de su tiempo, y más aún: hice porque me gustaran incluso aquellas obras que −no quería confesármelo a mí mismo− no me gustaban. Pero aquello se fue enfriando, sobretodo a raíz de mi fracaso con las clases de violín; en realidad yo quería aprender viola, como Dvorak en su juventud, aunque supongo que igual me habría ido… Pero hace unos meses me topé con esta tremenda Canción a la Luna, y el nombre de su autor destelló en mi memoria. En recuerdo del viejo amigo volví a escuchar su Stabat Mater, en uno de aquellos primeros y queridos CDs. Por supuesto, volvía a atrancarse a mitad del Inflammatus et accensus, como el primer día. Y es que ciertas cosas mejor no moverlas, y lo bueno de esta luna es que sea luna nueva, aunque traiga viejas resonancias.


Texto: Diego

viernes, 15 de enero de 2010

LA SOMBRA


Las Hurdes (Extremadura, España)

Te crees
que por medir el tiempo
conoces lo que es,
que por tener las cosas
las posees,
que al abrazar un cuerpo
eres dueño de su alma.
Y estás convencido de que las envolturas
guardan en su interior las esencias,
adonde llegas
con algoritmos y teoremas.
Pero no hay voces de verdad,
son solo ecos,
ni palabras,
son murmullos.
Todo no es más que una sombra,
inmensa,
de algo que está detrás.


Imagen y poema de José Del Moral De la Vega

domingo, 3 de enero de 2010

La amabilidad

Anna Karina en Vivre sa vie (1962), de Jean-Luc Godard

Viendo esta escena, me acuerdo de algo leído hace tiempo, y es que quizá lo importante no sea tanto la manera en que uno mira, sino cómo se deja uno mirar; no cómo uno acaricia, sino cómo se deja acariciar; no la forma de ofrecerse, sino la de aceptar. Pienso en la palabra amable. Según el diccionario de la RAE: “Del latín Amabilis, digno de ser amado”. Sospecho que la vieja raíz latina esconde un más difícil todavía. Lo confirmo en la web del profesor Mariano Arnal: amabilis también significa “El que se deja querer”. El que se entrega y el que acoge unidos en la misma palabra, en esa mirada. Pienso en la sensación de plenitud que únicamente nos proporcionan algunos sueños, y en la facilidad con que la mayoría de los niños te echan los brazos para que los cojas. El desasimiento, la total falta de resistencia, convertidas en rigidez y estrechura con la madurez, en la vida real. Hay una famosa web privada, Beautiful Agony, que exhibe los rostros de cientos de personas filmadas durante el orgasmo. En la misma línea, pero en versión más “Disney”, se me ocurre cómo sería filmar a otras tantas personas recibiendo sus regalos estas Navidades, la expresión de sus caras. Sería un curioso proyecto. Un instante de libertad, podría titularse…


Texto: Diego

viernes, 1 de enero de 2010

LA DEHESA ARBOLADA SE MUERE (La muerte silenciosa de los árboles, “la Silenciosa”) 3*


Fig. 1 Tronco de alcornoque con orificios de Cerambyx welensii (Fig. original de P.E. Rosado)

*Debido a la extensión de este tema, se presenta en sucesivos spots con el mismo título, y numerados de forma correlativa.

Quizá una de las mayores dificultades para evitar o controlar este problema parasitario del arbolado de la dehesa, conocido como la Silenciosa y provocado por el insecto Cerambyx welensii, es que el agricultor no es consciente de la gravedad que afecta a sus árboles, a menos que éstos se hayan caído por viento, nieve o algún otro accidente.
Para determinar el grado de infestación de una dehesa es necesario recorrerla detenidamente e inspeccionar el troco de los árboles. Cuando éstos están parasitados, se pueden observar orificios de 1 cm de diámetro, o incluso algo mayores, y que corresponden a los agujeros de salida del insecto (Fig. 1). Por estas aberturas, cuando existe una gran actividad larvaria, aparece serrín que se amontona en la base del árbol.
Otro de los síntomas que denuncia la presencia del Cerambyx aparece en las operaciones de poda. Al cortar las ramas, si el árbol está parasitado, se pueden ver las galerías del insecto (Fig. 2).
En los muestreos realizados desde finales del siglo pasado, en dehesas arboladas de Extremadura, se ha podido comprobar el ritmo creciente de los síntomas de la Silenciosa, que actualmente se estiman en un 20% de árboles parasitados, existiendo enclaves con la práctica totalidad de su arbolado afectado.


Fig. 2. Sección de una rama podada en la que se aprecian las galerías que el insecto hace en el interior de la madera (Fig. original de J. Del Moral)

Texto de José Del Moral De la Vega