domingo, 28 de febrero de 2010

LA DEHESA ARBOLADA SE MUERE (La muerte silenciosa de los árboles, “la Silenciosa”) 5*


Fig. 1. Los adultos del insecto Cerambyx welensii salen de sus refugios durante las noches cálidas del verano.

*Debido a la extensión de este tema, se presenta en spots sucesivos con el mismo título, y numerados de forma correlativa.


Cerambyx welensii pasa la mayor parte de su vida en forma de larva dentro de galerías que son construidas por el insecto en el interior de los troncos de encinas y alcornoques, galerías que funcionan como si fuesen cámaras acorazadas frente a sus enemigos naturales. Los adultos del coleóptero se forman dentro de las galerías, abándonándolas para reproducirse, y una vez que han logrado ese objetivo se mueren.
La salida de los adultos, la cópula, la puesta de huevos, el nacimiento de las larvitas y la introducción de éstas en el interior de los troncos se realiza en las primeras horas de las noches cálidas del verano (Fig. 1).
¿Cómo se podía intervenir para evitar las plagas de un insecto que pasa la mayor parte de su vida en el duramen de arboles, y sólo durante un brevísimo periodo de su vida, y por la noche, sale al exterior?
Afortunadamente, se pudo descubrir que los adultos de C. welensii sienten una gran atracción por el melón, y utilizando recipientes con trozos de su pulpa (Fig. 2), colocados desde primavera hasta final del verano, en años sucesivos, se ha podido determinar que la época en que se produce esta salida, en Extremadura, es durante los meses de junio-julio.
Conocer con precisión la época de la salida de los adultos -momento en que se realiza la reproducción del insecto- es fundamental para el diseño de un programa eficaz contra las plagas de Cerambyx welensii.




Fig. 2. Recipientes de plástico con trozo de pulpa de melón, colocados en el tronco de árboles parasitados por C. welensii, constituyen una trampa eficaz para capturar adultos del insecto.

Texto y figuras de José Del Moral De la Vega

viernes, 19 de febrero de 2010

Un ramito de violetas



A mi profesor don Fernando Cueto,
que cuando tenía catorce años,
en la SAFA de Úbeda, me enseñó a mirar
lo que hay detrás de los retratos



Las fotografías pueden tener muchas finalidades: ilustrar un texto, mostrar un detalle, decorar…y, lo más importante, representar símbolos.
En esta foto –Un ramito de violetas– aparecen tres elementos principales ¬–una persona mayor, un niño y unas florecillas– que, aparentemente, no tienen mucha significación. Técnicamente, la instantánea es bastante vulgar: sin contrastes de luces, ni de planos, sin efectos especiales…; aunque tan cargada de símbolos –las manos, el ramito de flores…–, que seguro que podría hacer las delicias de Saussure o Barthes.
No obstante, para mí, su interés es bien distinto a la semiótica.
Los dos protagonistas, ajenos a la cámara, observan atentamente un ramito de violetas, y cualquiera que contemple la foto puede conocer esa realidad –una persona mayor le enseña a un niño unas flores, que ambos miran atentamente-; pero además de ello, el espectador tiene la certeza de que entre ambos personajes hay una trama, una historia, que solo ellos conocen; y al ver la instantánea, lo que aquel contempla son dos historias (la que aparece en la fotografía, elemental, objetiva) y otra, la que están viviendo los personajes de la foto, que sólo puede imaginar.
La esencia de la racionalidad, la almendrilla de lo que somos, está en la atracción irresistible que sentimos por conocer aquello que intuimos que existe, pero que aparece velado ante nosotros –el interés por desvelar, por desnudar, por descubrir “sensu stricto” lo que está oculto, lo sagrado-.
Esta imagen, más que una fotografía efectista –para adornar–, podría servir como sutil lección de psicología –o quizá mejor, de antropología–.

Figura y texto de José Del Moral De la Vega

miércoles, 17 de febrero de 2010

LA DEHESA ARBOLADA SE MUERE (La muerte silenciosa de los árboles, “la Silenciosa”) 4*


Fig. 1. Los adultos de Cerambyx welensii salen de las galerías en verano; pero en ciertas ocasiones, cuando algunos de ellos retrasan su aparición, permanecen como tales dentro de las galerías hasta el próximo verano, y si las ramas donde viven son podadas, pueden salir al exterior antes de la fecha habitual.

*Debido a la extensión de este tema, se presenta en sucesivos pots con el mismo título, y numerados de forma correlativa.


¿Y quién es el responsable de los troncos de encinas y alcornoques taladrados, y de las ramas principales agujereadas y caídas por golpes de viento o nevadas, tan frecuentes en las dehesas arboladas de la Península Ibérica?
Hasta hace bien poco, el hombre de campo no era capaz de responder a esa pregunta porque el insecto causante de esos daños ¬–el coleóptero Cerambyx welensii– ha desarrollado un extraordinario procedimiento de ocultación. Los adultos (Fig. 1), que pueden medir más de 60 milímetros de longitud, son negros, y salen al exterior tan solo durante las noches de los meses de verano ¬–¿qué labrador va al campo en las noches de verano a mirar los árboles con una linterna…?–. Las larvas (Fig. 2) se desarrollan, durante toda su vida –3 ó 4 años– alimentándose de la madera del árbol en el interior del tronco o duramen, sin salir para nada al exterior. La ninfosis también se realiza en el interior de las galerías donde vive la larva. Los huevos, parecidos a granos de arroz, los pone la hembra en las resquebrajaduras de la corteza, y las larvitas, recién nacidas, excavan una galería, se cubren con el serrín que producen al perforar la madera y se introducen rapidísimamente en el interior de los árboles.
Conociendo la biología de este insecto productor de “La Silenciosa”, es explicable comprender por qué los labradores no conocían este parásito que ha vivido, probablemente siempre, en las dehesas arboladas de España y Portugal, y que ahora forma plagas importantes.


Fig. 2. Las larvas del insecto, del tamaño de un dedo gordo, son blancas, ápodas y musculosas. En algunas ocasiones, al podar las ramas donde viven, aparecen al exterior.


Texto y figuras de José Del Moral De la Vega

miércoles, 10 de febrero de 2010

Match Point, de Woody Allen


En Crimen y Castigo, Raskolnikov acaba siendo descubierto y condenado a trabajos forzados en Siberia, donde se redimirá de su culpa, aceptará el perdón de la única mujer que le ama, y él mismo aprenderá a amar. En Match Point el protagonista, aparéntemente libre y afortunado, parece condenado al remordimiento de por vida, haciendo el papel ante una mujer a la que no ama y que nunca tendrá la oportunidad de perdonarle. Y aunque Match Point cuenta una tragedia, el tema es bastante común: la curiosa capacidad del ser humano para, buscando la ansiada libertad, ir estrechando progresivamente los límites de la propia vida, hasta cerrarse cualquier salida o, en último caso, decidirse por la solución más extrema o absurda. No ha tomado poco Woody Allen de Dostoievski: la Nola del neoyorquino casi podría ser la Sonia del ruso, aunque la grandeza de alma de ésta ha sido sustituida por el bellezón de Scarlett Johansson. Pero las dos son perdedoras, dos criaturas simples, maltratadas por unos supuestos héroes que, sin embargo, tienen en ellas la clave de su felicidad.
Quizá la película más estremecedora, más profunda y más dura que haya visto en años. Entre sus temas principales, la romanza Mi Par D'udir Ancora, cantada por Caruso, acaba volviéndose escalofriante.


Texto: Diego

martes, 2 de febrero de 2010

"La carne hace carne/el vino hace sangre"


“Y la peña defensora de lo orgánico, con su ferviente recital de riesgos que conllevan los pesticidas, las hormonas, los antibióticos y la manipulación genética, da la impresión de que se mueve por impulsos totalmente ajenos al gusto o el placer. El lobby de la “comida lenta”, en su defensa de las materias primas sostenibles, los productos orgánicos y biológicos, la carne no sometida a ninguna clase de crueldad y el retorno a un país de las maravillas agrarias muy fotogénico pero utópico, parece pasar por alto el hecho de que tales productos son caros, de que gran parte del mundo se va a la cama con hambre y de que la mayoría del personal no puede montarse en el vehículo deportivo de Sting para ir a la tienda macrobiótica y pagar el doble del precio del mercado.”

Anthony Bourdain. Malos tragos (2006)


De Anthony Bourdain disfruté leyendo Confesiones de un chef, volví a hacerlo con Viajes de un chef, y ahora estoy haciéndolo con los artículos de Malos tragos. Por si no queda claro, Bourdain es cocinero y escritor, y su experiencia en lo primero le da un importante material para lo segundo. De su estilo diría que es como una eficaz mezcla de novela negra norteamericana, la brutalidad hedonista de un Rabelais y un “toque” de Bucowski. Bourdain también es un fenómeno mediático y como tal tiene su personaje, que es el de chico duro, con un pasado de sexo, drogas y rock and roll, pero sensible. Una de sus manías son las nuevas corrientes dietéticas. Quizá sea en algunas páginas de Malos tragos donde mejor se despache contra macrobióticos, vegetarianos, veganos, orgánicos, crudívoros y demás grupos que, al igual que los puritanos de antes machacaban con el sexo, ahora machacan con la comida. En realidad, lo que a Bourdain le fastidia es que muchos de ellos no se limiten a cumplir religiosamente sus preceptos, sino que, basándose en “la ciencia” o en diversas corrientes de pensamiento a medio digerir, arremetan contra la antigüedad, la riqueza y la complejidad de la culinaria mundial, como si ésta no fuera más que un inmenso y continuado error, y hasta hoy no existieran criterios, o aun siquiera la mínima percepción de lo que a cada individuo le sienta bien o mal. Le parece, además de una ofensa, un peligro. Y coincido con él. La imagen de Michael Jackson viviendo en una burbuja de plástico es el icono de una época aterrorizada. Por todo. Ahora el diablo anda más suelto que nunca, en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en el suelo que pisamos, en la ropa que vestimos… Y en la comida, especialmente en la comida, cocinada con esfuerzo, creatividad e ingenio por generaciones de hombres durante miles de años, con frecuencia desde la escasez y la falta de recursos.
Lo cierto es que, si no quieres terminar envenenado por tus propias toxinas, has de tener un buen sueldo para poder llevar a tu mesa todos los días un potaje de Azuki, una ensalada de agar-agar o un plato de macarrones de espelta integral con salsa de tomate de cultivo biológico, por ejemplo. Lo que no parece el caso de la mayoría de hogares del mundo, especialmente de ciertas partes del mundo, más preocupadas por su supervivencia que en equilibrar sus ying y yang.
Los extremismos tienen algo heroico, lo reconozco, pero cuando alguno de esos con expresión angelical intenta venderme el vegetarianismo o la macrobiótica como “forma de vida equilibrada”, tengo la impresión de encontrarme ante un jihadista. Y casi puedo entenderlo... Pero si ese mismo se atreve, en mitad de un festín de cochinillo al horno o de fritura de pescado, a decirme, con sonrisilla condescendiente, que estoy arruinando mi salud, entonces me dan ganas de convertirme yo en el jihadista.
Por eso me gusta Bourdain, a pesar de su pose macarra, porque me recuerda que la comida, como cualquier placer, es una experiencia emocionante, un viaje más allá de lo púramente orgánico. Un viaje que implica riesgos, claro, pero que si no los hubiera, sería como la cocina que nos proponen los nuevos apóstoles: un puñado de mijo hervido.


Texto:
Diego

El título del artículo pertenece al poema La carn fa carn, de Salvat-Papasseit.