lunes, 22 de marzo de 2010

¿CARTEL DE CARTIER-BRESSON?


Fotografía de un joven en Villanueva de la Reina (Jaén, España), en septiembre de 1961

Querido amigo Pepe Aranda: Te escribo con premura porque he encontrado nuevas pruebas que quizás sean decisivas para confirmar las posibles visitas de Cartier-Bresson a Villanueva de la Reina (Jaén, España) a mediados del pasado siglo.
Hace unos meses, encontré en este pueblo una fotografía que parece estar llena de símbolos de la juventud española en la Dictadura. Y el otro día, con motivo de un viaje a Sevilla, entré en una librería de lance y descubrí un libro que llamó mi atención; pero lo que no me podía imaginar era que dentro, bien doblada, había una cuartilla azul escrita por dentro. Era un telegrama que decía:

Octubre, 1961.
¡¡¡CONFIDENCIAL!!!
Dionisio ha conocido a Schlesinger. Peligro información a Kennedy. Necesario cartel turístico sobre jóvenes españoles. Proponer Cartier-Bresson. Encargo urgente a Ministro de Información.
SS.

Amigo Pepe Aranda, –¡un telegrama del Servicio Secreto de Franco!–
Investigado el texto, mira estos apuntes que he recopilado: Es un hecho histórico que a finales de los años cincuenta, Dionisio Ridruejo, falangista crítico con el general Franco, travó amistad con Arthur Schlesinger, un asistente especial del presidente Kennedy, que sabemos aconsejó a éste para que rehusase aceptar la visita que el Generalísimo le hizo al ser elegido presidente de los EE.UU. Por otra parte, el telegrama habla de un cartel que debería hacer Cartier-Bresson sobre los jóvenes españoles.

Querido amigo, fíjate en la relación de lo anterior con la foto que he encontrado en Villanueva. Aparentemente, ésta no es más que el retrato intrascendente de un muchacho. Físicamente, el joven es todo un modelo –joven, guapo, fuerte…–su cara es la felicidad personificada–. Delante de él, a su alcance, varios objetos: un tablero de ajedrez –instrumento para ejercitar la inteligencia–, el diario ABC –prueba de la información libre que recibían los jóvenes–, un transistor –el medio de comunicación más moderno del momento– y el periódico deportivo MARCA –¿un arma potentísima contra las concupiscencias de los jóvenes?–.
El mensaje de esta foto, en aquella época, no parece dejar lugar a dudas: en la España del general Franco, los jóvenes son guapos, fuertes, felices, viven en la modernidad y están bien informados.
Querido amigo Pepe Aranda: ¿Sería este retrato el que debería haber hecho Cartier para un cartel de propaganda política del Régimen, en una de las visitas que realizó a Villanueva? Para mí, esto es una joya que solo la pudo componer un genio del arte y la psicología. Tu estudio sobre las características técnicas de esta fotografía será fundamental para seguir la pista a Cartier-Bresson por Andalucía.

Texto de José Del Moral De la Vega. Imagen del libro Protagonistas de un Mundo Rural

martes, 9 de marzo de 2010

Inmersión

Llueve en todas partes, llueve de forma cansina, monótona, desesperante. Y uno llega a casa soñando -las inundaciones quedan lejos de aquí- con una larga ducha caliente, o con meterse durante horas en la bañera. Como si el tiempo nos estuviera diciendo: sumérgete.

martes, 2 de marzo de 2010

Cristina Megía

Óleo de Cristina Megía, perteneciente a la exposición A room with a view. Sala Camarote (Ciudad Real), enero-febrero de 2010


“Mirar es analizar el resultado de una acción: otra frase robada y útil porque cada vez que voy a una exposición me recuerda que debo tratar de imaginarme qué hay detrás de lo que veo: si hay lentitud o prisa en la pincelada, qué tipo de pincel, qué seguridad o qué dudas, un sinfín de pequeñas elecciones para ese resultado concreto… Eso facilita la empatía, la empatía facilita la comprensión, y la comprensión el disfrute. Porque la pintura no es solamente imagen, también es materia. Materia capaz de contener luz (y oscuridad), tiempo, emoción. La huella del pintor los retiene y los hace visibles. La mente destila la realidad, la transforma, la ordena, elige, se posiciona."

Cristina Megía. El placer de mirar (2007)


A Cristina la conocí el primer año de Bellas Artes. Ya desde antes había empezado a autorretratarse, casi siempre desnuda, casi siempre envuelta en una atmósfera azul y blanca, donde lo único reveladoramente cálido eran unos labios muy rojos. Llegabas a su casa y te recibían no una, sino muchas Cristinas. Desde las paredes, los caballetes, los rincones, salían a tu encuentro, siempre detrás de la verdadera Cristina, que era la única vestida y la única que sonreía. Eran la luna, las lunas de Cristina, la luna en su pintura, en todo. Y qué alegría cualquier noche torcer aquella esquina entre la calle Sol y Matahacas, y descubrir luz en las ventanas y llamar y que te abrieran todas aquellas Cristinas, encantadoramente sorprendidas, con todas las luces de la casa encendidas y alegrándose de verte, en lugar de mandarte al cuerno porque a ciertas horas ni la angustia justifica levantar a nadie de la cama. Y cuánto he molestado yo, Dios mío, en aquella época, pidiendo compañía, dinero, tabaco, paciencia… Y Cristina, por supuesto, me acogía, acogía a cualquiera de sus amigos en aquella austera economía de su casa, de sus cosas, recreada con heroísmo y fantasía, y sin la ayuda de aquellas otras Cristinas que ni lavaban ni cocinaban ni aportaban nada a la casa, todo lo ponía ella de su beca, duramente ganada cada curso. Pero “pasan los días, los meses, los años”, como ella dice, un poco dramática, con esa incertidumbre de los que han aprendido a vivir en la pura confianza, apostando el tipo, y ahora sigo su obra desde lejos, perdiéndome todas sus exposiciones, pero sintiendo que cada una de ellas, para el que aun vagabundea sin rumbo a altas horas de la noche, es como aquella luz encendida en las ventanas de la calle Sol.


Óleo de Cristina Megía. Exposición individual en el Ayuntamiento de Valdepeñas (Ciudad Real), marzo-abril de 2007


Texto: Diego