viernes, 20 de agosto de 2010

Postales


Siempre me ha gustado esa escena de Bande á part, en la que Odile, Arthur y Franz atraviesan a toda velocidad las salas del Louvre, batiendo el record de la visita más rápida de la historia. En realidad, y aparte su valor cinematográfico, el asunto en sí parece bastante banal. Lo común es ir a los museos y no ver nada de lo allí expuesto. La diferencia está en hacer de esto una experiencia genuina, y en el caso de Bande á part además divertida. Lo contrario, lo común, volví a comprobarlo hace unos meses al visitar el Hermitage de San Petersburgo.
Allí me sorprendió la manera en que la mayoría de visitantes se acercaba a los cuadros, especialmente a uno de ellos, la famosa Madonna Litta de Leonardo. Esta es una obra de pequeñas dimensiones, y los grupos de turistas, encabezados por los guías, se agolpaban por tandas ante la vitrina que la custodia. La mayoría iban ya con la cámara o el móvil dispuestos ante los ojos, algunos incluso alargándolos por encima o entre los cuerpos de los que tenían delante. Así como llegaban ante el cuadro, disparaban la foto o el video y continuaban su visita sin detenerse. Todo se resolvía en un flash, como en el chiste del orgasmo chino. Esto me recordó, por contraste, mi primera visita de niño a un museo, donde me aburrí soberanamente; no sólo yo, también alguno de los adultos que me acompañaban, pero estos obligándose a fingir entusiasmo, demorándose un poco ante cada obra, porque el arte, ¡oh! el arte era algo reverenciable.
Qué entrañable me parece ahora aquel aburrimiento, qué puro y espontaneo comparado con esta actitud que hace de la experiencia directa algo insignificante, postergable, confiable a una memoria electrónica. Una memoria supuestamente impecable que nos devolverá luego, en la pantalla del ordenador, una imagen de la Madonna Lita desenfocada y casi oculta por un hombro o una cabeza; en cualquier caso, más de lo que vimos. Y más nítida, a pesar de todo, que las fotos de la mañana siguiente en el Parque Lenin, donde una chica −la mujer, la novia, la amiga− nos manda desde muy lejos y con los ojos engurruñados por el sol, una sonrisa para la cámara, y otra sonrisa auténticamente desesperada para ese ruso tan guapo que pasaba por detrás del fotógrafo y que éste no pudo ver, como tampoco vio a la chica, ni el parque, ni a Lenin…


Texto: Diego

jueves, 19 de agosto de 2010

Arqueología del mundo rural ordenada en el calendario: agosto


Hace mucho tiempo, por agosto, cuando para poner fresquitos los alimentos había que meterlos dentro de una canastilla de mimbre y bajarlos al agua del pozo, los niños teníamos un deseo irrefrenable: irnos a las eras a jugar entre las bestias, los carros, los muleros y las parvas.

En las eras, siempre, poderoso referente fueron las parvas.
parva.- Mies tendida en la era para trillarla, o después de trillada, antes de separar el grano. –Del libro “Voces del Campo”-

Imágenes y texto de José Del Moral De la Vega

domingo, 8 de agosto de 2010

¿Es verdaderamente nuestra la dignidad?


Mujer sentada en una calle de La Alberca (Salamanca), probablemente el pueblo más bonito del mundo.

A mis amigos Dionisio y Rosa Mari, que en verano siempre vuelven a su pueblo
a redescubrir lo sencillo y sentir felicidad.

¿Vivirá sola esta mujer que veo sentada a la puerta de una casa? ¿Estará casada? ¿Habrá parido y tendrá hijos? ¿Será una mujer bondadosa, sacrificada? ¡Quizá haya leído a Platón en griego y a Virgilio en latín. A lo mejor, cuando era niña, vio en su pueblo alguna representación de García Lorca, y después de estudiar, quizá fue preparadora entomológica en el Museo de Ciencias; o tal vez, es muy probable que, cuando era joven, cuidara cabras en las Batuecas!
No sé.
Nunca podré conocer nada de esta mujer sentada a la puerta de una casa. Pero ¿de dónde nace tanta dignidad como alcanzo a ver en su figura? ¿Será que la excelencia se refleja, como la luz, y viene siempre de lo alto?

Texto y figura originales de José Del Moral De la Vega