domingo, 22 de mayo de 2011

Rombos



¿Cómo iba a imaginar mi dulce y adorable abuela que sería ella la causante involuntaria de aquel loco amor por Hanna Schygulla? Su casa era el único lugar donde podía ver la tele hasta tarde, siempre que el programa no tuviera rombos, por supuesto; en tal caso no me quedaba otra que el odioso cine de las sábanas blancas, que nunca fueron blancas, sino estampadas, unos estampados maravillosos, de rameados y flores, en las que uno se deslizaba con un escalofrío… Fue allí donde, a través de la rendija de la puerta, ví por primera vez la Lili Marleen de Fassbinger, en la que Hanna Schygulla hace el papel protagonista; y desde aquella, pasé las noches de un año entero estrechando aquel delicioso fantasma, arrullados por esa canción de trincheras que daba nombre a la película. Ya no conservo la misma pasión por la Schygulla, pero nunca olvidaré esa melodía. Su sonsonete vuelve a menudo a mi cabeza, y cada vez con más frecuencia a medida que me he ido haciendo adulto, con libre acceso no ya a la tele del salón, sino a su substituta Internet; de manera que a veces tengo la extraña sensación de no haber salido nunca de aquellas sábanas inmaculadas, ni perdido aquella conciencia intranquila, ni dejado de mirar a través de una rendija… Ah, qué lejos quedan aquellas noches de televisión en casa de mi abuela. Sin embargo esa melodía me continúa asaltando, no ya desde mis recuerdos, sino ahora surgiendo de todas partes. Esté donde esté, vaya a donde vaya, a cada momento resuena cada vez más insistente, más turbadora, como prolongando aquel amoroso empeño por mantenernos en una eterna niñez, en la ilusión de un cuarto de los juguetes acogedor, seguro y confortable, a resguardo del mal que acecha fuera…


Texto: Diego

sábado, 7 de mayo de 2011

Arqueología del mundo rural ordenada en el calendario: mayo


Cortijadas, alquerías y aldeas, las comunidades más pequeñas y entrañables del mundo rural español han desaparecido o están a punto de ello. ¿Habrá que reinventarlas algún día como hospitales terapéuticos para los desquiciados habitantes de las ciudades?

Aquel jolgorio juvenil se apagó en los pueblos. Mudos quedaron, y silencioso el campo. Ya nadie canta: mozos, pájaros ni grillos. De aquella lista de pájaros e insectos vibradores que hacían vivo al campo, cuántos se han caído: el alcaraván, el triguero, las chirlonas, el arreaburros, la abubilla, la siseante lechuza…

–Del libro “Voces del Campo”–

Imágenes y texto de José Del Moral De la Vega