sábado, 4 de febrero de 2012

Lola Lugo



Imagino que una de las cosas que más le costó dejar a Lola cuando se marchó de Azuaga fue su casa. Una auténtica casa de pueblo, con su limonero y su alberca, que ella había ido convirtiendo en una encantadora y particular rábita. Lola trabajaba sobre una mesa camilla, con tapete de punto y enagüillas, en el luminoso comedor, que era el único lugar de la casa que conservaba parte de esa decoración demodé, un poco mustia, que suelen dejar en las casas sus anteriores propietarios. Pero allí era donde prefería trabajar. Lola es poeta, y no parece darle tanta importancia a su obra plástica. Por entonces me enseñó unos collages hechos con telas, y unas misteriosas cajas, recubiertas de hilo, que guardaban en su interior un mensaje. En el instituto les pidió a sus alumnos calcetines, esos calcetines desparejados que pierden para siempre, no sabemos cómo, a su compañero. Con ellos planeaban hacer un gran mural, ya habían recolectado muchos, una sociedad de calcetines de todos los géneros, tamaños y colores, todos con algo en común: el haberse quedado solos, singulares e inútiles para sus dueños. Creo que Lola hace bien en resistirse a exponer sus obras, en preferir hacerlas aparecer poco a poco y por sorpresa en la Red, como aparece un día en el árbol del jardín el nido de un pájaro; o una tela de araña en mitad de la ventana… Siempre serán un misterio, y eso es lo bueno.



Texto: Diego
Imagen: Obra de Lola Lugo

2 comentarios:

angélica beatriz dijo...

Hola, querido Diego.

Es un verdadero placer leerte, porque envuelves cada una de tus letras con la belleza del arte, en este caso, de Lola Lugo.

Gracias, Diego. No conocía a Lola, pero ahora, de tu mano, cantaré sus poemas, que por cierto, son bastante buenos.

Un beso grande.

Diego dijo...

Gracias a ti, Angélica. Me alegro de que coincidamos en gustos. Y me refiero a los poemas de Lola. En cuanto a mí, lo único que he hecho es compartir una obra que me parece muy valiosa.
Un fuerte abrazo.
Diego