domingo, 19 de febrero de 2012

Forma de cortar el jamón


Dibujo en el cual se muestra la manera de cortar un jamón. (Dibujo original del profesor Ramón de Arcos Nieto-Guerrero)

El jamón ibérico de bellota es un alimento tan perfecto que habría que sospechar que tiene su origen en el soplo de la Virgen a alguna persona buena. No solo es uno de los más selectos manjares que se pueden disfrutar, sino que posee unas  propiedades químicas tan saludables, que ha sido declarado como alimento cardiosaludable, al  reducir significativamente las tasas altas de colesterol de aquellos que lo ingieren.
Existen algunos “mal entendidos” que confunden al comprador, y que es necesario aclarar:
·         Los jamones malos están cubiertos de hongos de color negruzco; -los hongos que tapizan la cubierta del jamón aparecen en el proceso de madurado en la bodega, no tienen ninguna peligrosidad y no son indicativos de ninguna descomposición o contaminación del jamón, aunque ellos no se comen.
·         La carne se encuentra entreverada de tocino, que es muy malo -el jamón se encuentra infiltrado de tocino, que tiene una composición lipídica excelente, y esa es una propiedad positiva que distingue a estos jamones, aunque no cabe duda que el nivel de calorías del tocino es el doble que el del jamón-.
·          En la superficie del jamón aparecen unas bolitas de color blanco que corresponden a algún “bicho” -las bolitas blancas son acúmulos del aminoácido tirosina y, precisamente, su presencia es garantía de una buena calidad-.
En la actualidad, el jamón tiene un precio muy asequible, pero muchas personas desisten de comprar una pieza entera porque no saben cómo cortarlo, aunque ello es bastante fácil, y con un soporte jamonero para sujetarlo y un buen cuchillo, todo está solucionado.

Un buen loncheado del jamón es un aliciente más en el disfrute de este manjar. Plato de ibérico preparado por Antonio, uno de los mejores cortadores de jamón del mundo, en el restaurante “La Dehesa “, Azuaga (España). (Imagen del profesor Juan A. Martín Sánchez)

Texto de josé del moral de la vega

sábado, 4 de febrero de 2012

Lola Lugo



Imagino que una de las cosas que más le costó dejar a Lola cuando se marchó de Azuaga fue su casa. Una auténtica casa de pueblo, con su limonero y su alberca, que ella había ido convirtiendo en una encantadora y particular rábita. Lola trabajaba sobre una mesa camilla, con tapete de punto y enagüillas, en el luminoso comedor, que era el único lugar de la casa que conservaba parte de esa decoración demodé, un poco mustia, que suelen dejar en las casas sus anteriores propietarios. Pero allí era donde prefería trabajar. Lola es poeta, y no parece darle tanta importancia a su obra plástica. Por entonces me enseñó unos collages hechos con telas, y unas misteriosas cajas, recubiertas de hilo, que guardaban en su interior un mensaje. En el instituto les pidió a sus alumnos calcetines, esos calcetines desparejados que pierden para siempre, no sabemos cómo, a su compañero. Con ellos planeaban hacer un gran mural, ya habían recolectado muchos, una sociedad de calcetines de todos los géneros, tamaños y colores, todos con algo en común: el haberse quedado solos, singulares e inútiles para sus dueños. Creo que Lola hace bien en resistirse a exponer sus obras, en preferir hacerlas aparecer poco a poco y por sorpresa en la Red, como aparece un día en el árbol del jardín el nido de un pájaro; o una tela de araña en mitad de la ventana… Siempre serán un misterio, y eso es lo bueno.



Texto: Diego
Imagen: Obra de Lola Lugo