martes, 25 de septiembre de 2012

NACIONALISMOS


El nacionalismo es un fenómeno social aberrante que engrandece a los líderes nacionalistas y “aborrega” al pueblo que se deja engañar.

Todo aquel que opine que el hecho inevitable y trivial de haber nacido en un determinado país y de pertenecer a tal raza es un privilegio singular y un talismán suficiente, no puede ser calificado de otra manera que de mental y moralmente tonto.

Borges


Actualmente, el nacionalismo en Cataluña es una cuestión que divide a sus habitantes y crea desasosiego, sensación que se extiende al resto de España y exacerba la preocupación económica que afecta hoy a toda Europa.
Hay muchas personas que piensan que el nacionalismo es la reacción natural de un pueblo que ha sido sometido por otro. Esa puede ser una razón que interviene en el fenómeno, aunque la mayoría de las veces no es la principal, y casi siempre es una razón “manipulada”.
¿Cuál es la génesis de este fenómeno y cómo afecta a las personas de aquellos lugares donde se produce?
En la primera mitad del pasado siglo, el profesor Maslow desentraña las necesidades básicas y comunes a todos los hombres, entre las cuales se encuentra la de pertenecer a un grupo, a una cultura: los de un lugar, una religión, un idioma, un folclore… -los míos, mi tribu-. Y el lugar, la religión, el idioma, el folclore… se convierten en símbolos que caracterizan a los miembros de la tribu y con los cuales estos se identifican.
Y así parece ser como el hombre de cualquier cultura se convierte en un “Homo tribalis” con un subconsciente colectivo, cuyo dogma es: Somos únicos, nuestra cultura es la mejor. Dogma que, una vez establecido, en caso de conflicto se sitúa por encima de cualquier código de carácter ético, estético y religioso, y hace que los individuos que componen la tribu estén fuertemente cohesionados, formando como un solo ser frente a los individuos de otra tribu, y por lo cual se mitifica el origen de la tribu, se exaltan los hechos gloriosos y se silencian o se distorsionan los hechos vergonzosos.
El sentimiento tribal es un fenómeno antropológico, común a todos los hombres, y por tanto normal, pero si se exalta, lo que aparece es el nacionalismo.
Desde el siglo XX conocemos la génesis del nacionalismo y su estructuración en símbolos, y Freud y Jung previnieron contra el peligro que supone el conocimiento y manejo de estos símbolos de manera interesada y falaz. El peligro anunciado se produjo. A comienzos del siglo XX aparecieron líderes políticos –nacionalistas– que manejaron sin escrúpulos el dogma central de la tribu: “Tu formas parte de la mejor tribu del planeta”. Hitler les dice a los alemanes: la raza Aria, a la que pertenecéis, es la raza Herrenvolk –la raza de los señores– y como tal debéis señorear al mundo. Y de forma taumatúrgica, una gran parte del pueblo más instruido de Europa, en aquel momento, fue capaz de participar en el crimen más abominable organizado por un Estado.
El nacionalismo, en la búsqueda obsesiva de su diferenciación con lo próximo, huye del mestizaje y se instala en la pureza de lo endogámico, y eso, además de aberrante, genera xenofobia en los de dentro y odio en los de fuera.
En Europa, y particularmente en España, hay líderes políticos nacionalistas que tratan de conseguir y mantener el poder convirtiéndose en figuras simbólicas –tótem– de su tribu, a base de exaltar sus particularismos y encanallar a su pueblo contra un supuesto enemigo –el vecino–, al que se presenta como un peligro que quiere destruir la tribu, por lo cual,  una de las fullerías de los gobernantes nacionalistas, en España, es exigir “lo imposible” al gobierno central; con ello se exaltan los sentimientos tribales y se genera el odio de las demás Comunidades, fenómeno que se produce actualmente.
Ortega, en el pasado siglo, y ante el mismo problema, argumentaba que responder a los nacionalistas con el odio o el desprecio es hacerles el juego, y otorgarles lo que “exigen” es alimentar lo diferencial que ellos pretenden.
Catalanes y españoles tienen que aprender a respetar lo que les diferencia y a laborar por lo que les une, teniendo muy presente que los canallas poderosos siempre estarán detrás de la exaltación de lo diferencial.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega 

lunes, 17 de septiembre de 2012

UN CONCIERTO CON MENSAJE, EN SABADELL


Los músicos, capaces de transformar unas frotaciones, unos golpes o unos soplidos en sonidos bellísimos y emocionantes, son un ejemplo de que en el virtuosismo –la virtud-, fundamento de la aristocracia espiritual, hay un principio natural de autoridad para el gobierno de la humanidad –Humanismo-.

Escucha hermano/ la canción de la alegría/ el canto alegre del que espera/ un nuevo día.
Ven, canta, sueña cantando/ vive soñando el nuevo sol/ en que los hombres/ volverán a ser hermanos/…Es una parte de la letra del último movimiento de la novena de Beethoven, movimiento que interpreta la Orquestra Simfònica del Vallès en un vídeo que recoge el concierto. En este, realizado en una plaza de Sabadell, aparece primero un músico vestido de rigurosa etiqueta. Una niña le mira sorprendida y, como si se tratara de un vagabundo, le da una moneda. Poco a poco van apareciendo más músicos, cada uno con su instrumento, aunque vestidos de manera informal. La música suena cada vez más compleja y perfecta, y el público que hay en la plaza, cuyas caras asombradas va recogiendo la cámara, termina por rodear a los instrumentistas.
Al final del movimiento la música ha conseguido su objetivo, y en una explosión gozosa de alegría, virtuosos y espectadores, emocionados, parecen sentirse hermanos.
El vídeo, además de mostrar un concierto, es toda una lección de sociología, una propuesta de que cuando la aristocracia, la verdadera, la que está basada en los valores, el pensamiento, el arte, la ciencia, etc. se pone al servicio del pueblo, este la reconoce y admira, pudiendo surgir de ahí una forma de convivencia –la aristocracia de los valores y el pueblo- capaz de llevar a la humanidad a un mundo feliz, a ese con el que soñaba Beethoven cuando, en el siglo XIX, componía la sinfonía.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega