lunes, 12 de noviembre de 2012

Úbeda, para reflexionar contra la crisis


La arquitectura renacentista, como una manifestación más de la lógica que todo lo impregnaba, es simetría, y hasta las sombras de los elementos parecen estar calculadas con plomada, cartabón y escuadra. Pasear por las calles de Úbeda y contemplar sus edificios es como sumergirse en aquel formidable ímpetu que caracterizó la adolescencia de nuestra cultura.


Occidente está sumido en un gran pesimismo por la crisis, más que económica, de pérdida de confianza en las instituciones, de falta de claridad en los objetivos de desarrollo y de inversión de muchos principio morales.
Hasta la Edad media, el hombre vivió unido a Dios por el cordón umbilical de la fe, y toda su actividad estuvo proyectada a la otra vida. Los quehaceres  diarios, como el trabajo, el comercio o la política solo servían para sobrevivir, pero no interesaban, y el arte estaba dirigido a motivos exclusivamente religiosos. Igual que un bebé solo ve la cara de la madre que le cuida y alimenta, el hombre, hasta el Humanismo, tenía toda su vida depositada en manos de Dios.
En el siglo XIII, Santo Tomás descubre que no solo la fe es un instrumento para descubrir a Dios, también sirve el juicio, y cuando el hombre utiliza la razón y lo busca a su alrededor se topa con la naturaleza, y su asombro es igual al de un niño que empieza a andar, se suelta de la madre y se sumerge en el ambiente. A partir de ese momento, los clérigos, que eran depositarios de la verdad, son sustituidos por Dante, Petrarca, Bocaccio, etc., que ahora la traen por medio de la literatura, y de su mano regresan a los griegos y al silogismo aristotélico.
–Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo –había sentenciado Arquímedes. Y los humanistas descubrieron ese punto de apoyo mágico: la lógica de Aristóteles. Con ella, la observación de la naturaleza permite expresar los fenómenos mediante fórmulas matemáticas, y el embrión de la ciencia ya aparece nítido con Galileo (s. XVII).
Desde el siglo XIII al XVII el hombre experimenta una profunda metamorfosis. Con la fe y la razón se siente re-nacer, la vida teocéntrica es sustituida por otra antropocéntrica, y el hombre, que se protegía de la naturaleza cubierto por la sombra divina, ahora se guía por la proyección de esa sombra en la naturaleza para llegar a Dios, con lo cual el vivir pasa de cumplir un sistema de normas (deber), a descubrir los misterios de la naturaleza (ilusión) –parece incuestionable que la cultura avanza más por la ilusión que por el deber–. Probablemente, ese momento cultural no haya sido superado por ningún otro en la historia de la Humanidad.
Desde Nietzsche y su influenciada Escuela de Frankfurt hasta los movimientos ecologistas actuales, las más importantes propuestas para el progreso de la sociedad son enormemente pesimistas, y el resultado de algunas de ellas se evidencia en la vulgaridad desinhibida e insolente que muestran muchos de los medios de comunicación.
A la crisis cultural se añade en estos momentos la económica, y mientras que los políticos centroeuropeos apuestan por el deber como solución, el pensador Habermas lo hace por la ilusión, y propone una vuelta al Humanismo, convencido de que si al final del medievo este condujo a Occidente a su “re-nacimiento”, quizá ahora consiga la resurrección del estado al que nos ha conducido la modernidad  –paradójicamente, regresar es una acción que, en algunas ocasiones, conduce al progreso–.
De todas las manifestaciones artísticas del Renacimiento, probablemente sea la arquitectura la que mejor nos ayude a valorar el pálpito de ese momento, y Úbeda es una de las ciudades más bellas para bucear en el hondón de aquella cultura. Pasear por esta ciudad podría ser un camino para recuperar la ilusión perdida.
Texto y figura de José Del Moral De la Vega

jueves, 1 de noviembre de 2012

La exaltación de lo particular, un peligro para los europeos

El nacionalismo es, antropológicamente, el seguidismo de lo tribal basado en lo puramente reptiliano que duerme en el hombre, en detrimento de lo racional.


A finales del siglo XV, los Reyes Católicos fundan el primer Estado europeo (Ortega, 1933). Cinco siglos después se pone la primera piedra de lo que llegará a ser la UE, una unión de países construidos sobre una cultura común de origen greco-romano y cristiano (Humanismo), pero que contempla y preserva  las particularidades  de las distintas regiones que integran los Estados que la componen.
Los europeos somos libres de orientar nuestro destino, pero exaltar las particularidades culturales de las regiones europeas en detrimento de los valores comunes de la Unión conducirá, antes o después, a la transformación de numerosas  regiones –Cataluña, Vascongadas, Flandes, etc.– en Estados, de manera que siendo el interés principal de la UE la cohesión de los pueblos que la componen a fin de ser un potente eje de progreso, con esta deriva, Europa se perderá en particularismos y perderá eficacia en su competición con las otras zonas de desarrollo mundial.
¿Ganaría con este “experimento” el pueblo europeo? No es fácil predecirlo, pero quien indudablemente sí ganaría sería  la casta de los políticos, que tendrían así una magnífica razón para justificar su “dificilísimo” trabajo y, consecuentemente, los privilegios inherentes a su colaboración;  y los políticos nacionalistas, además, serían considerados unos héroes por sus comunidades, aunque fueran conducidas por estos a la catástrofe social.



Es muy probable que el tremendo costo económico de las experiencias nacionalistas en la UE  no serán pagadas por los dirigentes que las promueven, sino por los segmentos más desvalidos de la población.

Texto e imágenes de José Del Moral De la Vega