viernes, 9 de mayo de 2014

La artrosis, los camarones y la Virgen

Las quisquillas o camarones poseen una cubierta riquísima en quitina que está constituida por glucosamina, con la cual los humanos fabricamos el colágeno de la piel, huesos y tendones. Al ser estos crustáceos muy pequeños, se ingieren enteros, por lo cual son un alimento extraordinario para mantener sanos nuestra piel, huesos y tendones, y prevenir la artrosis.

Por los años cincuenta-sesenta, cuando llegaba la feria de mi pueblo (Vva de la  Reina) se producía una alegría súbita y colectiva que inducía a gastar en golosinas y diversión los ahorros de todo un año. Los que tenían más dinero tomaban mariscos con cerveza, y los niños nos conformábamos con unos cartuchitos de camarones o quisquillas que costaban una peseta –la ciento sesenta y seisava parte de un euro–. Lo que entonces no sabíamos era el tesoro que escondían aquellos cartuchitos comprados con una peseta.
El colágeno es la proteína con la que los animales fabrican y reparan el cartílago de la piel, huesos, tendones y ligamentos, y está constituido, entre otras moléculas, por glucosamina. La falta o deterioro de colágeno produce envejecimiento y dolores articulares, consecuencia de lo que se conoce como artrosis, fenómeno que se exalta con la senectud  En los países más desarrollados se alarga la esperanza de vida y, consecuentemente, se aumenta el porcentaje de personas con artrosis, enfermedad que se suele mitigar mediante antiinflamatorios y analgésicos.
Recientemente se ha comprobado que las personas que consumen la cubierta de los crustáceos no suelen tener artrosis, la razón está en que esa cubierta está constituida por grandes cantidades de glucosamina, con la que nosotros fabricamos el colágeno –Los niños que no teníamos mucho dinero y comprábamos camarones o quisquillas, al comerlos enteros, estábamos ingiriendo glucosamina con la que fabricábamos colágeno para nuestra piel, huesos y tendones–.
Algunas veces, oímos opinar malévolamente que la Virgen siempre se aparece a los niños, los campesinos o los indigentes; pero qué casualidad, en mi pueblo, los niños comíamos camarones –el marisco más valioso contra la artrosis–, los campesinos almorzaban con arenques –uno de los alimentos más ricos en omega 3– y los más pobres guisaban las patatas con las colas de bacalao que nadie quería –según Ferrán Adriá, estas colas son la alhaja de los pescados–.
¿Podremos saber algún día por qué los más pobres son, al final, los más ricos, y los más ignorantes, los más sabios? Y es que el hombre, como dice mi amigo el profesor José Lorite, es un animal paradójico.

Imagen y texto originales de José Del Moral De la Vega

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