miércoles, 1 de abril de 2015

LA SEMANA SANTA ESPAÑOLA

El Cristo de Orea en la SAFA de Úbeda es, probablemente, la mejor representación del significado profundo del cristianismo para el tercer milenio. Toda la escultura, incluso la belleza, está subordinada a la espiritualidad.

Dice mi amigo Juan Ramón, después de asistir a un concierto de tema religioso: –En esta época del año abro un paréntesis para el espíritu. Lo haría incluso si fuese ateo, porque una vez al año hay que mirarse adentro buscando el propio equilibrio, la desconexión con la materia, el alimentar a un componente tan esencial de nuestro ser como es el alma. Evidentemente, son muy sabios los ciclos litúrgicos.
Es incuestionable el valor artístico de la Semana Santa española y, coincidente con él, el valor socioeconómico, frutos derivados de unas representaciones que tenían, en un principio, interés catequético. Pero lo que yo más admiro de esa manifestación artística-religiosa es la participación del pueblo, una cooperación sacrificada, auténtica, desinteresada, respetuosa, donde todos colaboran independientemente de su ideología o clase social –Como si de un milagro se tratara, la Semana Santa española no ha necesitado de las instrucciones de un concilio para funcionar con pautas de comportamiento auténticamente cristiano: aquí participan por igual ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, listos y torpes y, en el colmo de su profundo cristianismo, hasta creyentes y ateos–
El Papa Francisco ha dicho que más importante que la religiosidad es la espiritualidad –esa facultad que nos permite intuir la esencia de las cosas–. Juan de la Cruz sentía a Dios en el balanceo de las florecillas por el campo y Teresa de Ávila afirmaba que hasta entre los fogones encontraba a Dios.  
El hombre de hoy vive “entretenido” en futilidades que le impiden “tenerse” a sí mismo, sumergirse en el silencio y escuchar las voces que vienen de nadie sabe dónde, y que conducen al sosiego.
En esta época del año, como afirma mi amigo Juan Ramón, es muy bueno abrir un paréntesis para el espíritu.
Los artistas tienen la capacidad de descubrirnos a los demás cosas que escapan a nuestros sentidos y esta bellísima composición que hizo Tchaikovsky para la liturgia ortodoxa rusa –Himno de los Querubines– es un ejemplo de ello. Al escucharla se puede descubrir una dimensión que no figura en los cánones de la física.
Texto original de josé del moral de la vega