martes, 5 de julio de 2016

LAS SOMBRAS



Observar a un niño jugar con las sombras en una pared induce una ternura que esponja el alma -¡Las sombras!-
Lo que no tiene sombra no parece existir, y quizá por eso la adquisición de conocimientos es como andar persiguiendo sombras creyendo que, observándolas, conocemos lo que hay detrás.
Nuestros sentidos tienen escasa capacidad para descubrir la realidad de la materia así como los fenómenos derivados de esta, y lo que sabemos de ellos no es sino  ”la sombra” que proyectan. Vivimos rodeados de gravedad, magnetismo, electricidad…y todos creemos conocerlos, pero lo que en realidad sabemos de ellos son sus efectos, porque ni la gravedad, ni el magnetismo, ni la electricidad… son captados por nuestros sentidos –solo sentimos “el rastro” que van dejando–.
Los científicos trabajan como hormiguitas para descubrir poco a poco la naturaleza de los fenómenos que nos rodean, pero creer que estamos a punto de desvelar la razón primera que los produce es como pensar que conocemos todo sobre el mar porque hemos sacado un dedalico de agua de su orilla.
Desde la candidez infantil hasta el ingenio del científico, las  vidas más profundamente vividas  parecen reducirse a perseguir sombras ¿Descubriremos algún día lo que de verdad hay detrás?


Texto e imagen originales de José Del Moral De la Vega

martes, 19 de abril de 2016

LA ALEGRÍA DE LOS NIÑOS


Por los años cincuenta, los niños que vivíamos en las zonas rurales andaluzas éramos felices con muy pocas cosas. De las suelas de alpargatas hacíamos ruedas para los cochecitos, que no eran más que latas vacías de sardinas, los caballitos los construíamos con el palo de una escoba y los disfraces los elaborábamos con ropas viejas, cortinas desechadas y gorros de papel de periódico.  Prueba inequívoca de que la felicidad de un niño no está tanto en las fruslerías que tiene, como en el cariño de las personas que le rodean.
Pero los momentos no eran siempre igual de placenteros, y uno de los que más nos gustaba era la feria del pueblo –las plazas iluminadas por las noches, los altavoces de las atracciones, los gigantes, fuegos artificiales…–. Por la feria, los niños de entonces estrenábamos vestido, teníamos algún dinerillo para golosinas y la disciplina de horarios se relajaba, pudiendo regresar a casa mucho más tarde que de costumbre. 
Como bandadas de palomicos íbamos los chiquillos de aquí para allá persiguiéndonos o abrazándonos, unidos por esa alegría primaria y contagiosa que produce el sentirse miembro de un grupo.
Por los años cincuenta, los niños de mi pueblo (Villanueva de la Reina) éramos felices en medio de la pobreza, evidencia de que, en el hombre, lo verdaderamente importante está en su alma.


Texto de José Del Moral De la Vega

sábado, 27 de febrero de 2016

EL CAMINO A LA FELICIDAD PASA POR EL SILENCIO


Cuando joven, el hombre se afana tras objetivos lejanos, músculos y sentidos son entrenados para alcanzar pequeños logros y grandes satisfacciones, sucesión de éxitos que lo distraen de sí mismo. Pero en el hombre, esas reiteradas voluntades no tienen siempre correlación con las capacidades. A partir de un momento, los músculos se reducen, la vista difumina los objetos, los sonidos son ruidos, el calor y el frío se parecen, lo que antes era próximo y fácil se vuelve lejano y difícil, y la tristeza enseñorea el alma.
 “No corras. Ve despacio/ que donde tienes que ir/ es a ti mismo…” –dice Juan Ramón Jiménez. Y cuando esto se ha aprendido y llega el momento en que se afloja el músculo y los sentidos desaparecen, el alma se va reduciendo a un punto oscuro y silencioso del cual los místicos afirman que surge la luz verdadera, el encuentro con uno mismo y la ansiada plenitud.
–Pablo d´Ors ha escrito la obrita “Biografía del silencio”,  una linternica que nos puede servir para encandilar la vida.

Imagen y texto de José Del Moral De la Vega.

lunes, 15 de febrero de 2016

LA VIAGRA QUE UTILIZABA LA GUMERSINDA

Vaina de garbanzo afectada de Rabia, una enfermedad provocada por el hongo Mycosphaerella rabiei 


El garbanzo es un cultivo que aún perdura en Extremadura, y la Rabia una de las enfermedades que le afectan. Aparece ésta en primavera, después de unos días de lluvia y otros seguidos de sol, y para impedir que se adueñe del garbanzal está recomendado visitar los campos con frecuencia y aplicar un terapéutico cuando se vean las primeras manchas que la delatan.
Ahora es primavera, y  las parcelas de cultivo forman un inmenso mosaico sobre los alcores de la Campiña Sur de Extremadura. Pasear por sus veredas es como entrar a un espectáculo y pasar del aburrimiento a la emoción: el viento del Guadalquivir o del Guadiana –que ésta es una tierra donde nacen fuentes a uno u otro río– llega cargado de vilanos que se pegan, obstinados, a la ropa; bandadas  de coleópteros de color esmeralda revolotean por entre las flores amarillas –mi amigo Pedro Del Estal, que habla las lenguas de los insectos, dice que se llama: Psilothrix viridicoerulea –, y el cielo, lleno de cantos y piruetas de pájaros, recuerda la alegría que, de súbito, se forma a la salida de una escuela.
Buscando referencias antiguas sobre la Rabia, me topé con uno de los episodios más hermosos de la historia de nuestra cultura: transcurría el siglo X y Abderramán III, que había fundado en Córdoba la primera academia de medicina, deseaba poseer un ejemplar del libro “De materia médica”, un tratado de botánica escrito en el siglo I por el griego Dioscorides en el que se indica la utilidad de numerosas plantas contra las enfermedades del hombre. En un intercambio de embajadores, el emperador de Bizancio le regala al califa un ejemplar del pretendido libro, y éste, inmediatamente, ordena traducirlo al árabe; pero al comenzar la tarea, los lingüistas comprueban que pueden transcribir todo el texto menos el nombre de las plantas, que desconocen. De nuevo pidió ayuda Abderramán al emperador, y éste le envió al monje Nicolás, que  resolvió el problema y vivió felizmente en la ciudad de Córdoba hasta el final de su vida.
Mucho me temo que la humanidad no haya dado suficientes gracias al monje Nicolás por habernos permitido leer párrafos tan sugerentes como éste: “…majados los garbanzos con miel y aplicados en forma de emplasto, tienen gran poder de mundificar y deshacen todas las manchas del rostro. Engendran los garbanzos muchas ventosidades y son productivos de esperma, por donde no es maravilla que inciten a fornicar”.
Contaba mi madre que su tío abuelo, que era  canónigo en el cabildo catedralicio de Badajoz, andaba siempre en alabanzas de los cocidos de garbanzos de su hermana Isabel, pero ésta, mujer culta y recatada, y conocedora del Dioscórides, no hacía sino prometérselos –forma elegante de darle largas–, para así –creía ella– evitar la promiscuidad del clérigo.
La ciencia no ha probado todavía –al menos, no tengo yo noticia de ello– la relación del garbanzo con la lujuria; pero “la Gumersinda”, que curaba el “Mal de ojo” en mi pueblo, me contó un día que la mujer de Amador –la bruja oficial de la comarca– hacía unos cocidos con los garbanzos que se dejaban en el campo por haber “rabiado”, con los que, quien los comía, “rabiaba de amor”.
–¡Ah!, ese es el origen verdadero del nombre de Rabia que dan los labradores a esta enfermedad del garbanzo –pensé.
Ahora, no sé yo muy bien si “la Gumersinda” y su amiga habían deducido, sólo por el nombre, que si se comen garbanzos “rabiados”, se “rabia de amor”; o es que, con igual intuición con la que el hombre desvela la verdad oculta de las cosas –lo sagrado–, las brujas de mi pueblo han descubierto, de verdad, que es en esta enfermedad del garbanzo donde está escondida “la Viagra” que El Creador puso en El Paraíso.

Artículo publicado por josé del moral de la vega en el n.º 201 de la revista de ingeniería PHYTOMA ESPAÑA.

viernes, 12 de febrero de 2016

UNA CULTURA DARWINIANA

En 1958, en un pueblecito de Andalucía (Villanueva de la Reina), un grupo de jóvenes provistos de botijos se disponen a formar un corro para echárselo unos a otros, juego que se hacía por San Blas, en un tiempo en el que se cantaban canciones carnavaleras –Y verás y verás y verás/ lo que a tí te va a pasar/ que por tonta y orgullosa el novio te va a dejar/...– ­

Entre los jóvenes de algunos pueblos de Andalucía y Extremadura existía, hasta no hace mucho, un juego consistente en que estos formaban un corro y se pasaban un  botijo de unos a otros hasta que a alguno de ellos se le caía y se rompía, lo que motivaba que a este se le ridiculizara.
En la España rural del pasado siglo todo se reutilizaba: las cajas de zapatos servían para enviar paquetes al familiar que estaba fuera; la piel del conejo de la comida del día de fiesta, para cambiarlo en el trapero por un polo; las botellas de “Anís del Mono”, para llenarlas de vino y consumirlo guiados por el número de cuadraditos, etc. Era una época de pobreza y ella lo marcaba todo. ¿Pero para qué se guardaban los botijos que no iban a poder ser utilizados más?, para nada, aunque antes que tirarlos se jugaba con ellos hasta que se rompían, porque probablemente la esencia del comportamiento del ahorro está en nuestro DNA, es herencia darwiniana, diría Mark Nelissen: “el que guarda sobrevive”. Actualmente, nuestra cultura está definida por lo efímero, y la riqueza crece más mientras más consumimos, mientras más derrochamos. Desde un punto de vista moral, esto es una falta que nos conduce al “infierno”, desde un punto de vista científico esto es una aberración contra las leyes de la termodinámica que solo nos puede llevar a la desaparición de la especie.

Texto e imagen de josé del moral de la vega.